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Visión de Jorge Debravo

La actualidad y vigencia de la poesía de Jorge Debravo, uno de los poetas representativos de Costa Rica, en esta aproximación a las letras comunes de nuestro continente.

Este canon de reificación, jamás mediatizado por el valor de uso en poetas desbordados por el mito, en la perspectiva originaria del texto concuerda con aquella postura esperanzadora que motivó en buena medida la producción poética latinoamericana de la década de los setentas y que va de una Pablo Neruda a un Mario Benedetti, a un Ernesto Cardenal, poetas en los que la subordinación de la forma nos parece tan incómoda hoy y, no obstante, a quienes sentimos tan cercanos a lo nuestro.

Al abordar la poesía del costarricense Jorge Debravo, nos encontramos con esta doble tragedia: la del hombre en franca controversia con la época, amparado en los principios de igualdad y fraternidad, y la del poeta que nos deja de pronto, con la palabra prematura y fuerte del auténtico creador. Ese tono casi bíblico que aún perdura en la escritura poética contemporánea, encarna el símbolo de liberación ante viejas ideologías, encuentro colectivo de lo humano contra el sistema pararreligioso de eternidad, es decir, “mirada viva”, contacto entre pasado y futuro en tanto transversalidad genésica.

El libro Los despiertos (Editorial Costa Rica, 1988), más que una suma de poemas es la mirada consciente de un mundo a través de la escritura. Y en ella aparece el asombro como territorio donde el poeta, a la manera aristotélica, realiza su catarsis para dar cuenta de nuevas vías de acceso a la hermandad, único modo de reconstrucción en el tiempo.

Debravo ve al hombre postrado bajo un orden social cercado por el odio, constantemente asediado por el horror, y ante ello sólo queda la libertad, la lucha indeclinable y la conquista del ser como totalidad. Porque es en la plenitud donde la esperanza puede cantarse tras la asunción del cuerpo: “¡Ah las manos de amor con el mundo cautivo!”.

Una vez dueño de sí, el poeta alza el vuelo como los pájaros vivos, hacia la claridad o el reclamo, siempre en busca de lo raizal que debe andar oculto en el medio físico circundante. El tono existencial que asoma por momentos en algunos textos no admite el giro decadente. Poco a poco, de ese individualismo incierto nace un estado de solidaridad en respuesta a la ciudad maquinizada, allí donde la alineación prepara las condiciones para asaltar el curso de la modernidad.

A diferencia de tantos poetas para quienes el panfleto fue la carta de presentación durante la segunda mitad del siglo XX, en Jorge Debravo hallamos siempre la palabra liberada de falsas estéticas. Como todo verdadero creador supo colocarse en ese límite preciso entre su tiempo y el ideal de un mundo mejor. Como hombre pertenece a esa generación encabezada por Rimbaud y continuada entre nosotros por Andrés Caicedo, vitalmente circunscritos a una juventud que no les permitió confirmar en la práctica los estragos de una sociedad escindida.

En 1967 Jorge Debravo escribió lo que sería su credo poético, una corta disertación sobre el ascenso inevitable de los pueblos a pesar de las caídas. Sí, el poeta tico partió sin ver concluida la aurora anunciada a lo largo de su obra y, por cierto, la poesía hispanoamericana quedó privada de una de las voces más nítidas del continente. Como lectores regocijados con la imagen impresa en la factura del poema, desde nuestro campo de observación celebramos la profecía.

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