La figura de este asombroso detective británico se hace presente en los tiempos más inesperados.
Pero el asombro de Watson llega a un punto máximo cuando Holmes, luego de escuchar su explicación de la teoría copernicana le responde que intentará olvidarla, ya que cree que el cerebro es limitado en cuanto a su capacidad de almacenar información y que “…es de mayor importancia que los datos inútiles no desplacen a los útiles…”. Frente a esto, Watson decide calificar las habilidades o conocimientos de Holmes de la siguiente manera:
Genialidad, misterio, suspenso, frescura en el relato. La obra de Conan Doyle deleita hasta nuestros días. El choque de las personalidades de Watson y Holmes es el caldo de cultivo de las aventuras de la infancia que con gusto se releen y se reviven. El resto es parte de la magia y, sin duda, escapa al menor análisis. Simplemente Sherlock Holmes encanta más allá de barreras generacionales y quizás sería un aporte interesante para fomentar el hábito por la lectura en las nuevas generaciones. Por lo demás, cuando uno ya ha dejado de ser niño, conviene acordarse de Sherlock Holmes de cuando en cuando.
Con razón planteaba Borges: “Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos quedan. La muerte y la siesta son otras. También es nuestra suerte convalecer en un jardín o mirar la luna”.