Una novela premonitoria sobre la devastación del medio ambiente, escrita por uno de los escritores norteamericanos más importantes del siglo XX.
Hallar una novela de John Cheever por fuera de los circuitos comerciales a la manera de los best-sellers, en un medio sobresaturado de intrigas policiacas, literatura pornográfica y toda una propaganda destinada a satisfacer la curiosidad de los lectores desprevenidos, es algo que nos devuelve la confianza en las mejores producciones de Faulkner, Dos Passos, Steinbeck, Hemingway, etc., haciendo realidad lo que algunos estudiosos del género han coincidido en señalar como la ausencia de fronteras para una literatura capaz de sobrevivir a todas las crisis. El entronque se realiza sin lugar a dudas no sólo respecto a la obra sino también al escritor, pues a diferencia de los best-sellers -no siempre exentos de fabulación artificial-, ante los ojos del lector aflora un mundo coherente nacido de la relación conflictiva entre el escritor y su tiempo. En otras palabras: se establece una connivencia básica en el acto de la comunicación.
John Cheever es uno de los continuadores de la mejor literatura norteamericana, dueño de una prosa cuyo rasgo más notorio es el encanto que subyace en el ámbito de sus temas. Tanto en “Carretera”, uno de sus cuentos más conocidos en nuestro medio, como en “Parecía un paraíso”, la novela considerada por la crítica norteamericana como una pequeña obra maestra, se advierte su preocupación fundamental por el destino del hombre ante la escalada desarrollista, tema que hoy es objeto de interés tanto de arquitectos como de sociólogos y urbanistas.
La ciudad moderna, convertida en antro de corrupción y violencia, se ve enfrentada a un enemigo todavía más nocivo para la supervivencia de la especie: la contaminación del medio, cuyos verdaderos responsables limitan sus acciones a la promulgación de determinadas normas orientadas a escamotear la esencia del problema, mientras grandes masas de población van desapareciendo del planeta devoradas por el virus de la peste. En la medida en que la literatura marca hitos significativos en el devenir histórico, también el escritor se asume como juez y parte en la solución de los grandes conflictos sociales.
Del mismo modo que Bradbury respecto a la alienación en un mundo “ficticio”, Cheever encuentra en la oposición naturaleza-desarrollo el tema que construye y fundamenta su obra. Ésta se convierte en un reto para la conciencia de los planificadores llamados a descubrir un espacio habitable para los millones de seres humanos dispersos sobre la geografía planetaria. Es preciso una tercera y todavía una cuarta lectura para desentrañar esa voz que todo genuino escritor esgrime desde su soledad creadora contra lo irracional de un mundo basado en el utilitarismo individual o estamentario.