Reseña biográfica de un célebre pintor bogotano que vivió en el siglo XVII, cuando la actual Colombia era colonia de España.
Una que otra noche, de preferencia en fines de semana, suspende sus tremendas jornadas de trabajo y cuando no va de cacería, se reúne con alguien culto a charlar sobre lo divino y lo humano al calor de unos buenos vinos. El 9 de marzo de 1687 se encontraba en casa del rico, distinguido poeta y ganadero santafereño, don Francisco Álvarez de Velasco y Zorrilla, el platónico enamorado de la poetisa mexicana Sor Juan Inés de la Cruz. A eso de las diez de la noche, el poeta achispado concluía la declamación de uno de sus sonetos:
“…Pues veo ya con la luz del desengaño,
Que el vano al cobre le levanta el precio…”
Los aplausos de Gregorio fueron opacados por un ruido ensordecedor que pareció brotar de las entrañas de la tierra. Los dos artistas se quedaron un momento mudos, se les desvaneció la juma y salieron a la calle a ver qué pasaba. La gente corría para uno y otro lado, muchos en camisones de dormir e incluso algunos desnudos, implorando a gritos la intervención divina. Gregorio corrió para su casa en busca de su familia, pero al entrar el infernal ruido cesó. En su lugar se extendió por doquier un fuerte olor de azufre. Durante los siglos siguientes los santafereños, luego bogotanos, se referirían a esa época colonial o a cualquier otra remota como: ‘en el tiempo del ruido’.
Trasvolarían dos rutinarios lustros de intenso trabajo sin posibilidad de mejorar las entradas monetarias. El maestro está decepcionado y se muestra desdeñoso. Encima de todo su adorada hija, que desde niña evidenció vocación por la pintura y que le ha colaborado con eficacia, se enamora con pasión de un gentil hombre que la subyuga y de cuyo amor libre nacerá Casimira, para escándalo de la murmuradora sociedad santafereña. Otro machetazo, pues, en el alma del artista. Solo en la compañía de Jerónima y pintando hay consuelo. Y aunque menosprecien el valor de sus cuadros, en el arte está la justificación de su vida.
Las desgracias no vienen solas. Poco después de la embarrada de su hija, sacude a la ciudad otra periódica epidemia de peste y se lleva a Jerónima, amante, esposa, apoyo… Pintar, pintar es el consuelo.
El señor oidor de la Real Audiencia, don Bernardino Ángel de Isunza y Eguiluz, amigo del artista, lo visita: maestro, he sentido mucho sus desgracias y me apena molestarlo cuando seguramente solo anhela tranquilidad, pero es usted el único que puede ayudarme. Usted es el único hombre de mi confianza que conoce los recovecos del monasterio de Santa Clara, donde tantas veces ha pintado. En ese monasterio el arzobispo encerró a mi novia, la tiene como prisionera y la rescataré si usted me ayuda. Lo ayudaré. Y con 61 años a cuestas, Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, la noche del 21 de marzo de 1699, como cualquier joven ladronzuelo, en compañía del oidor y de otros 3 hombres, escalan muros del monasterio, violan clausura y redimen a la querida de Izunza. No impunemente Vásquez ha creado un mundo de imágenes. Pagará los platos rotos: aguantará cárcel durante algunos meses.
Cuando sale de la cárcel le restan doce años amargos que tratará de endulzar Feliciana, quien vuelve arrepentida a cuidar de su padre. El viejo pintará, es cierto, pero se sumirá largos períodos en meditaciones que se parecen demasiado a la melancolía. En 1710 pinta su postrer obra, La Concepción, que crítica experta llamará La Virgen Criolla. Cae luego en indiferencia y silencio totales. ‘Enloqueció’, dirían. Al año siguiente, a los 73 de edad, dejó de existir.
POST SCRIPTUM. Hoy, también “con la luz del desengaño”, comprendo el aislamiento de Vásquez en sus últimos meses. Me recuerda la terebrante anécdota en el final de la vida de Nietzsche: al ver a un cochero azotar a un caballo, Federico abrazó el cuello de la noble bestia y lloró sin decir una palabra.
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