Pájaro loco, de loco te pasas, razona siquiera un milenio de tiempo…
Sepulcro del reloj sin manecillas, coqueta, loqueta que quiebra puñales, que pone pañales al tiempo dormido, que pierde alacranes sin fijarse apenas, que traga culebras sin dejar las nubes de la luna menguante, milagro de santos, de santos sepulcros que vagos se afanan por tocar la estrella, que aire adormece sin silbar siquiera, que el vaho destripa, la maquina aguda de la noche abuela, del fraile en las tejas, que baja despacio.
El sol se cubre de colores rosas, amarillo y rojos…
Sus ojos se entremezclan entre apagones y fisgones, ¡Qué vida, qué deseo, qué esperanza!, que ni tiene panza, que ni va a la niebla, ni a la espesura, postura del que le teme a la luz de la luna, como la tuna verde que brilla con el rocío, que se descubre y enseña sus agujas, espinas que se clavan en la carne que sangra…
Como el sol al amanecer, rosa, rojo, amarillo…
Y al pasar el zorrillo deja su huella en el aire que despide a cualesquiera, quiera o no, se va de largo, con el aroma que quiera o no, se asoma, peligro de la noche, que se va de viaje sin luna llena, se llena de nostalgia, de tristeza, por el llanto de lo que no se ve, y si se va, se va el olor que suelta como regalo para cualquiera.
“¡Agarren al Locofish que esta divagando!, bueno, si pueden…”