La vida del hijo de Guillermo, su nodriza, su hijo y las travesuras de los muchachos. Antonio y su casi hermano.
Victorio aventajó a su casi hermano en esos conocimientos y su piedad religiosa contribuyó a la determinación de sus educadores de recomendarlo para continuar sus estudios en Roma.
Al mismo tiempo Antonio también viajó para instruirse en París. Debió volver antes de finalizar los estudios para hacerse cargo de los negocios. Siendo aún muy joven afrontó esa responsabilidad en reemplazo de su anciano abuelo que no conservaba la energía ni la lucidez para ello.
Inició con entusiasmo esta nueva etapa de su vida. Le gustaba su tarea y tenía un olfato especial para los negocios. Pronto la empresa de los Monegario tomó dimensiones que jamás había sospechado su antecesor.
La calidad de la lana, la abundancia de la producción y el cumplimiento preciso de los requerimientos hicieron que su nombre trascendiera más allá de las grandes ciudades vecinas. Antonio debió enviar un representante de confianza para que atendiera sus negocios en Venecia, puerto desde el cual se comerciaba con Oriente y en muy pocos años multiplicó las riquezas de la familia.
Cuando murieron los abuelos, los negocios se habían incrementado tanto que Antonio construyó una hermosa vivienda en Venecia y se trasladó allí con Leticia. En esa ciudad falleció su anciana nana en brazos de Victorio que ya era el archidiácono del obispo de la ciudad.
Él la había considerado, junto a Victorio, como sus únicos parientes ya que por veinte años no había recibido noticias de su tío Bruno, que no regresaba de sus inacabables andanzas. La falta de novedades durante tan largo tiempo le preocupaba puesto que ni siquiera había podido comunicarle la muerte de sus padres y desconocía si él seguía vivo. Su abuelo le había contado del interés de su tío por conocer las tierras que estaban más allá de la civilización, donde nadie sabía los peligros que correría. Sabía que Bruno había llegado a Egipto y vendido el cargamento de lana, información que le trajo el capitán del barco que lo había llevado. Antonio le encomendó que en sus viajes tratara de saber algo del aventurero. La respuesta siempre era la misma: “Nada se sabe”.
Continúa…
La historia es atrapante. Obliga a seguir hasta el final. Felicitaciones.