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Los hijos del fuego 10

El circo y las bailarinas sensuales alteran la vida de la aldea.

Ya para ese entonces, los descendientes de los originarios pobladores del valle estaban constituidos en hogares con características patriarcales. Los comandaba el abuelo que era quien disponía de todos los bienes, tierras y cosechas y repartía a cada cual lo suyo.

La abuela era la autoridad para las mujeres y distribuía los alimentos almacenados por toda la parentela. Sus hijas y nietas las preparaban y servían en una gran mesa circular, alrededor del fuego en el que hervía una gran olla.

Todos se sentaban luego de orar agradeciendo los alimentos. Bienes y raciones se tornaban escasos con el crecimiento del número de hijos  y entonces sobrevenían algunas disconformidades y a veces peleas.

La recomendación dejada en su tiempo por Fray Bienaventuranzas de que evitaran la consanguinidad de los nuevos matrimonios había sido convertida en ley tácita por  sus seguidores, prohibiendo que sus hijas se unieran ante el altar con sus directos primos hermanos,  recomendación que los sacerdotes que lo sucedieron hacían observar celosamente.

Las familias se habían ramificado y sus descendientes conservaban el apellido aún perteneciendo a distintos desprendimientos familiares, por lo que comenzaron a aplicarse sobrenombres que se unían al apellido para identificar su pertenencia. Los sobrenombres se referían al oficio que tenía el padre, al lugar que habitaban o a alguna característica que los diferenciara.

Juan, nacido en una de esas familias, se casó y formó la suya propia. La descendencia del primero de sus hijos, de nombre Guillermo, incorporó el sobrenombre de Fabro por su profesión de herrero. Del Zoppo ( rengo) fue el apodo que se usó para designar a la familia de otro de los hijos que había nacido con una dificultad en una pierna. Alberto, era un hombre corpulento, casi gigantesco, por lo que a sus hijos que eran también de gran estatura se los llamaba Albertoni.

Los descendientes de su cuarto hijo, también de nombre Juan, recibieron el mote de  Zibaria o Cibaria,  nombre de las costumbres romanas relativas a la comida.  El sobrenombre desnudaba el histrionismo de su padre y su predilección por organizar comilonas y banquetes, rodeado de amigos y parientes que disfrutaban sobremanera de la buena mesa.

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