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Los elegidos 26 (tranfusión)

La joven se arrepiente de haber malgastado su vida entre lujos y riqueza.

Felipa en un intento sobrehumano trata de incorporarse con el dolor metido en el vientre, pero su sobrina la empuja al suelo casi desmayándola.

- Adiós, tía. No te salvaras. –se burla- La patrona anda en el entierro de su esposo, le das el pésame de mi parte. –sonríe- ¡Ah! se me olvidaba que cuando llegue, tú ya vas a estar muerta.

- No me dejes… -suplica Felipa.

Lupe sin tomarla en cuenta sale de ese cuarto cerrando con llave por fuera, solo se escuchaban los rezos en voz alta de la anciana. Corre apresurada hasta la sala de estar y toma una pequeña maleta del suelo al iniciar las escaleras. Mira las estatuas de los pequeños demonios y acaricia con su mano la que tenía más próxima.

Un ruido la hace voltear de prisa, percatándose que su novio estaba ahí, en el interior de la mansión.

- ¿A qué hora entraste?

- Acabo de hacerlo. Te tardaste mucho.

- Tenía que acabar con un obstáculo. Ahora ya podemos irnos los dos a donde tú quieras.

- Será un viaje sin final.

Poncho se acerca a la jovencita lentamente poniéndola nerviosa ante su mirada imperturbable.

- Poncho…-trata de  detenerle.

- Déjame besarte, Lupe.

Unen sus labios con ternura y fuerza… Al instante cae al suelo la pequeña maleta que ella cargaba en su mano y después cae Lupe, con un grito ahogado en la garganta y los ojos bien abiertos. En su espalda clavaba un puñal del lugar donde emanaba sangre tibia.

- Lo siento mi amor, pero a éste viaje voy solo. -se besa su propia mano y sopla en dirección hacia ella.- Adiós.

El joven sale a toda prisa de ahí con su maleta, mientras Lupe quedaba ahí, manchando la alfombra con su sangre.

Se arrastra en dirección al teléfono. Ese trayecto tan eterno en esos momentos que sentía  que la vida se le escapaba. Pensando solo en llamar al celular de su patrona, ansiaba que la puerta se abriera y le brindaran ayuda, no quería morir.

Por qué tardaba tanto la señora, ahora la necesitaba más que nunca, tenía que salvarla… Llega hasta el mueble donde se encontraba el teléfono y descuelga la bocina.

- Ayu-dame Dios mío. –suplica.

Marca dos números y las fuerzas se le acaban, no logra sostener la bocina y cae junto con ella. Su cuerpo se afloja, los ojos se cierran y la respiración se corta.

El alma se esfuma…

Continuará…

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