Los hijos del fuego 6. La vida de Bruno en Egipto. Su expedición al Sur. Es hecho prisionero y vendido como esclavo sexual.
Pronto entendió que allí se vivía al aire libre ya que no existían construcciones de ninguna especie. Ni chozas ni palacios, sólo el cobijo de los árboles que además de proporcionarles comida eran sus moradas. Finalizada la cosecha, al igual que los demás se recostó debajo de un árbol y comió frutas. La sensación de bienestar se transformó en una beatífica laxitud que fue pasando a un estado de somnolencia.
Una mujer lo sorprendió acostándose a su lado, ofreciéndole sus labios y cubriéndolo de caricias hasta lograr unirse carnalmente con él. Debió recurrir a su experiencia de amante parisino y unirla a la exuberante fogosidad de su sangre italiana para poder saciar la exigencia de la mujer en repetidos orgasmos. Finalmente pudo descansar algunas horas al llegar la madrugada. El concierto de suspiros y quejidos que provenía de los otros árboles indicaba que toda la comunidad estaba ocupada en las mismas tareas.
En la mañana repuso sus fuerzas alimentándose con más frutas y volvió a su trabajo de recolector. Después de haber llenado varias canastas en largas horas dedicado a su tarea, la oscuridad devoró la luz del atardecer y lo encontró recostado bajo el mismo árbol pero con una mujer distinta. Ellas rotaban en la elección del esclavo a su antojo, sin celos ni peleas. Bruno comenzaba a aceptar las desventuras pasadas e incluso su cautiverio con resignación, casi satisfecho de las fatalidades que la providencia había puesto en su camino.
Había embarcado en Venecia en una vieja galera acompañando el cargamento de lana que pensaba vender en Egipto. El capitán le había asegurado que llegarían a destino aunque el aspecto de las velas y los mástiles no infundían confianza.
El maderamen de la desvencijada embarcación parecía querer deshacerse con los embates de las olas, aún cuando no eran muy grandes. Al llegar al Jónico se mantuvieron cercanos a las costas griegas y de esa manera protegidos de posibles borrascas en mar abierto.
Distinta fue la situación al dejar atrás la isla de Creta e internarse en el Mar Mediterráneo para cruzarlo en línea recta hacia Alejandría. La embarcación se sacudía y parecía ser llevada sin dirección, como una cáscara de nuez. Ya no le preocupaba el rezongo de los palos, temía que se rompiera la tela de las velas extraordinariamente henchidas por el viento huracanado. Las gigantescas olas hacían imposible permanecer en cubierta con el peligro de ser arrojado al mar.