content top

Las aventuras de Bruno

Los hijos del fuego 6. La vida de Bruno en Egipto. Su expedición al Sur. Es hecho prisionero y vendido como esclavo sexual.

Bruno no estaba seguro. Aquello no parecía ser un espejismo. Sin embargo no podía creer lo que sus ojos estaban viendo. Ese impresionante lugar podía estar allí, en medio del desierto, solamente si tanto tiempo de exposición al sol hubiera afectado sus facultades mentales. Era un oasis inmenso, cubierto por una exuberante floresta de árboles con hojas anchas de un intenso verde que cubrían de sombra fresca todo el lugar. Sus frutos de color rojo eran extraordinariamente abundantes, podían contarse por cientos en cada planta. Un vergel de arbustos poblados de flores azules, blancas y amarillas rodeaba la plaza siguiendo la línea de la muralla. Ésta era de altura irregular y resultaba invisible del lado exterior porque el viento había acumulado contra ella gran cantidad de arena, mimetizándola con las dunas.

El conductor de la caravana conversaba con una hermosa mujer que vestía una túnica blanca inmaculada y refulgente. Ella le entregó una pequeña bolsa, de las que se usaban para llevar el dinero. Uno de los beduinos se acercó al mercader y lo desató para que bajara del caballo. Apenas lo hubo hecho, la mujer se acercó a los peñascos y pronunció las palabras mágicas que abrieron el paso a través del promontorio para que los bandoleros y sus cabalgaduras se retiraran. Las rocas iban volviendo a su lugar no bien terminaba de pasar el último jinete.

Bruno acababa de ser vendido como esclavo a una mujer que le hablaba en un idioma que no conocía. Sin embargo, las palabras llegaban a su mente de una manera fluida y comprensible. Supo así que estaba frente a la “octetafera” Pigritia III, reina de una nación de mujeres en la que los hombres eran sometidos y trabajaban para ellas. Esta situación le resultó preferible a la que había experimentado horas antes, cuando estuvo a punto de ser muerto por los beduinos que lo asaltaron.

Terminó de tranquilizarlo la sonrisa de la reina y las otras mujeres que lo miraban de manera amigable. En el lugar la temperatura era fresca y el perfume de las flores lo hacía muy grato a los sentidos. Los hombres que estaban ocupados en recolectar frutas parecían felices de su trabajo. Un hombre arrancaba las frutas del árbol y otro sostenía una canasta donde la depositaba sin golpearlas. Las mujeres jugaban y reían paseando entre los árboles o a la orillas de un pequeño lago donde algunas se bañaban desnudas. Un grupo de ellas arrancaban notas melodiosas a sus laúdes, ejecutando la música suave que flotaba en todo el sitio.

Los bandoleros que lo habían capturado eran asaltantes de caravanas. Fue inútil la resistencia de los hombres contratados para la expedición. Los bandidos eran expertos en el manejo de las armas y pronto acabaron matándolos a todos. Se apoderaron de sus caballos y de todo lo que poseían 

Tal vez su vestimenta distinta a la de sus hombres o sus  rasgos europeos hicieron que los beduinos vieran la posibilidad de obtener una mejor ganancia dejándolo con vida.

Herido, lo ataron sobre un caballo y cuatro hombres se apartaron del grupo comandados por uno de ellos, llevando al mercader e internándose en el desierto. El prisionero trataba de pensar rápidamente buscando referencias para planear la huída, pero las grandes olas de ese mar amarillo no le ofrecían ninguna. Se dispuso a morir disecado por el sol abrasador y el calor que subía de la fina arena con distintas formas de vapores fantasmagóricos.

Renació su esperanza al notar que no montaban camellos. Seguramente conocerían algún lugar no muy distante donde abrevar los caballos y descansar a la sombra, pero sólo ellos sabrían donde estaba porque nada semejante a un árbol se veía, ni aún a la distancia. Solamente un promontorio de rocas aparecía delante de ellos, donde la arena hacía límite con el cielo azul, límpido de nubes.

Al llegar al promontorio, el conductor detuvo la marcha y se dirigió a las piedras gritando palabras misteriosas. Un peñasco se movió y luego otro y otro más, dando lugar a un desfiladero por el que se internó el grupo. Avanzaron entre rocas amenazantes que formaban una pared de la cual se desprendía alguna piedra cayendo con estrépito sobre el paso que terminó desembocando en el espléndido oasis donde había sido vendido.

Bruno creía haber llegado al paraíso. Su mente se abría a una nueva dimensión donde no eran necesarias las palabras para comunicarse. La sensación de bienestar era total. Su cuerpo no sentía dolor ni cansancio alguno aún después de haber estado trabajando en la recolección de las frutas durante horas, siguiendo las indicaciones que recibía su mente. Se sentía feliz de su nuevo estado de esclavo, asumido y despreocupado.

Pronto entendió que allí se vivía al aire libre ya que no existían construcciones de ninguna especie. Ni chozas ni palacios, sólo el cobijo de los árboles que además de proporcionarles comida eran sus moradas. Finalizada la cosecha, al igual que los demás se recostó debajo de un árbol y comió frutas. La sensación de bienestar se transformó en una beatífica laxitud que fue pasando a un estado de somnolencia.

Una mujer lo sorprendió acostándose a su lado, ofreciéndole sus labios y cubriéndolo de caricias hasta lograr unirse carnalmente con él. Debió recurrir a su experiencia de amante parisino y  unirla a la exuberante fogosidad de su sangre italiana para poder saciar la exigencia de la mujer en repetidos orgasmos. Finalmente pudo descansar algunas horas al llegar la madrugada. El concierto de suspiros y quejidos que provenía de los otros árboles indicaba que toda la comunidad estaba ocupada en las mismas tareas.

En la mañana repuso sus fuerzas alimentándose con más frutas y volvió a su trabajo de recolector. Después de haber llenado varias canastas en largas horas dedicado a su tarea, la oscuridad devoró la luz del atardecer y lo encontró recostado bajo el mismo árbol pero con una mujer distinta. Ellas rotaban en la elección del esclavo a su antojo, sin celos ni peleas. Bruno comenzaba a aceptar las desventuras pasadas e incluso su cautiverio con resignación, casi satisfecho de las fatalidades que la providencia había puesto en su camino.

Había embarcado en Venecia en una vieja galera acompañando el   cargamento de lana que pensaba vender en Egipto. El capitán le había asegurado que llegarían a destino aunque el aspecto de las velas y los mástiles no infundían confianza.

El maderamen de la desvencijada embarcación parecía querer deshacerse con los embates de las olas, aún cuando no eran muy grandes. Al llegar al Jónico se mantuvieron cercanos a las costas griegas y de esa manera protegidos de posibles borrascas en mar abierto.

Distinta fue la situación al dejar atrás la isla de Creta e internarse en el Mar Mediterráneo para cruzarlo en línea recta hacia Alejandría. La embarcación se sacudía y parecía ser llevada sin dirección, como una cáscara de nuez. Ya no le preocupaba el rezongo de los palos, temía que se rompiera la tela de las velas extraordinariamente henchidas por el viento huracanado. Las gigantescas olas hacían imposible permanecer en cubierta con el peligro de ser arrojado al mar.

Cuatro veces encomendó su alma a Dios durante el trayecto, seguro de morir. Sin embargo el ducho capitán consiguió fondear en el puerto de Alejandría un día antes del previsto para la llegada.

Allí vendió rápidamente su mercancía a los clientes que lo esperaban y luego quiso conocer una nueva ciudad que estaba surgiendo sobre las ruinas de la antigua Menfis. Los árabes la llamaban Al Qahira, nombre que los europeos habían cambiado por  El Cairo. Sabía que allí se estaba construyendo un lugar para que los mercaderes expusieran sus productos y le interesaba aumentar sus negocios en una ciudad que sería la puerta de entrada a las desconocidas tierras africanas que llamaban las  Regiones Meridionales Inferiores.

Sediento de experiencias y conocimientos se relacionó con los círculos de sabios y maestros del mundo musulmán con el propósito de conocer su cultura. Buscaba abrir su mente a nuevas ideas no dictadas por monjes ni clérigos, aunque las sabía combatidas por occidente.  Se alistó como alumno de la universidad de El Cairo y durante tres años recibió las enseñanzas del famoso médico y teólogo judío Maimónides.

Su espíritu aventurero lo empujó después a organizar una expedición e internarse hacia el Sur, convencido que el mundo no terminaba en un vórtice. Había escuchado decir que más allá del desierto existían tierras fértiles ocupadas por hombres desnudos, de gran estatura y muy feroces, con el cuerpo totalmente negro.

 Cohabitaban con dragones voladores que vomitaban fuego y eran sus aliados para combatir a los gigantescos ogros y cíclopes. Éstos eran ayudados por unicornios capaces de derribar una montaña con el empuje de su cuerno y salamandras que escupían veneno. También existían seres con poderes sobrenaturales, eran híbridos con cuerpo humano y alas de murciélago que les permitían volar de árbol en árbol para atacar a sus víctimas desde la altura o transformarse en enormes basiliscos que se deslizaban silenciosamente entre la frondosa vegetación para enroscarse alrededor del cuerpo de su enemigo con tal fuerza que les provocaba el estallido del corazón y los ojos.

La posibilidad de tener que enfrentar tales peligros no fue suficiente para frenar su espíritu aventurero que lo impulsaba a internarse por esas rutas; cuanto más ignotas mejor sería el provecho que podría obtener de lo que encontrara en ellas, seguramente de mayor valor y trascendencia que lo que otros traían de las tierras de oriente.

Continuará…

5
Liked it
Etiquetas: , ,
votar


Leave a Reply