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Indios 3

Imaginarias ceremonias de unos cuantos centenares de indígenas precolombinos, habitantes a comienzos del siglo XVI en el lugar donde se levanta la ciudad de Bogotá, hoy con siete millones de personas. Ficción basada en relatos de los primeros Cronistas de Indias. Elección del sucesor de un rey indio. Desembarco español.

Los dos mozos avergonzados se echan encima sus cobijas y brincan al suelo. El maestro de ceremonias entretanto cubre a Tygüi. El señor fija su vista en los ocho restantes y escoge otros dos. Se repite la función. Pero en este lance es inútil el rabeo de Tygüi delante de uno, pues la tolera inmutable. El otro se escabulle. El Zipa ordena a Tygüi que cese. Ruge la concurrencia. Se atiranta orgulloso el no tentado.

Alborotadores pajarracos de cuello blanco y vuelo de bala disparada juguetean por encima del velamen; algunos osados posan en las vergas. Buen indicio. ¡Tierra! ¡Vedlos, vedlos¡

Sobre la arena unos hombres desnudos, hercúleos, hermosos, vociferan: guasábara, guasábara. Y a medida que avanzan las naves estiran sus arcos sin suspender la gritería. Percibido por el capitán el intento de proyección de flechas, ordena disparar tres cañonazos al aire. Los hombres metálicos cayeron postrados. Entonces, de las chozas ribereñas, emergieron cientos de ninfas plañendo. La flota echó anclas. El capitán mandó un pelotón a tierra en barquía repleta de abalorios, de utensilios de azófar y de vidrio. Además, dos toneles de vino.

Cuando llegó la barca a la orilla de la playa, uno de los bronceados disparó una flecha que se incrustó vibrante en la proa. De consenso los marinos descargaron sus arcabuces y acribillaron al valentón. Se aplanaron de nuevo los indígenas. Los advenedizos desembarcaron y alijaron las chucherías y el vino. A pulso alzaron algunas mujeres y les llenaron las manos de bujerías, acariciándolas de paso. Conquistadas, invitaron reticentes a sus conterráneos. En breve tiempo desaparecieron las baratijas.

De seguida los indios iniciaron extravagante saltación alrededor de los intrusos. Éstos formaron un círculo y contemporizando cabriolaron, pero su atención estaba fija en las armas. Desde los bajeles los otros cataban los movimientos de los de tierra y los cañones apuntaban hacia el gentío.

-Tú, Tisquezusa, ecuánime varón, sin par belígero, has demostrado tu hombría superando el engatusamiento de las hembras. Por lo demás, conocemos tu arrojo. Muerta mi hermana y su hijo, mi sobrino carnal, y no existiendo ningún descendiente que lleve mi sangre con plena seguridad, te califico sucesor del Zipa. -Se produjo frenética ovación- ¿Deseas pedirme algo, -continuó el señor- antes de internarte en Chía donde serás instruido?

-Gran señor, quisiera un par de días con la súcubo danzadora.

-Aceptado. Te presto mi estancia en Teusaquillo y ya puedes usarla.

-Gracias, señor -dijo Tisquezusa y se agachó con reverencia. El auditorio lo imitó.

El señor y su séquito retornaron al palenque. Tisquezusa cogió a Tygüi y se largo anhelante. La tribu agotó las vasijas que las mujeres suministraran.

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