Imaginarias ceremonias de unos cuantos centenares de indígenas precolombinos, habitantes a comienzos del siglo XVI en el lugar donde se levanta la ciudad de Bogotá, hoy con siete millones de personas. Ficción basada en relatos de los primeros Cronistas de Indias. Elección del sucesor de un rey indio. Desembarco español.
Verde. Gris. Abajo verde: cedritos (Cedrela bogotense), cauchos (Ficus tequendamae), arbolocos (Mentanoa quadrangularis), borracheros (Datura candida), juncos (Juncus bogotensis), chusques, helechos, zarzas, lengüevaca, paico, mastranto, guascas, quinua, auyama, cubias, curubas, uchuvas, cultivos de maíz, de papas…Arriba, gris. Al verde lo matizan círculos rojos: viviendas y lamparones de plata: lagunas, humedales, charcas, acequias, albuheras, ríos y quebradas. De uno de los rojos bohíos sale gruesa voz y pide chicha. Es el reino del Zipa o señor Bogotá.
Tygüi se asoma a la puerta de su chabola y observa sigilosa los alrededores. Se encamina hacia una zarza y tras de ella se oculta. Se desata el ‘chumbe’, desenvuelve el ‘chircate’ y lo coloca a su lado. Al rato, esparrancada, avanza dos pasos y se sienta sobre el yuyo a restregarse. Luego se pasa la lengüevaca, se viste y vuelve a su cono. Guaía -llama-. Todo listo -responde una voz cascada de mujer-. Ten tino.
Tygüi se aproxima a una tosca mesa, agarra un poco de achiote y embadurna su cara; en seguida peina su larga y negra cabellera. Sonríe. Recibe el atado que le entrega la vieja y sale. Llovizna. A medida que adelanta en su trotecillo, los conos se ven más juntos: es el centro del poblado: “Valle de alcázares” (dirá Jiménez de Quesada). Termina el recorrido frente a gran cercado escarlata. Amplia puerta la custodian dos hombres armados con una especie de lanzas. Se acerca a uno de ellos: Tygüi -dice al hombre-. Pase -contesta impasible el centinela-.
Es un emporio: al fondo se destaca un alcázar y hacia allí marcha. En una cancilla repite su nombre a otro custodio. Éste avisa a un tercero. El tercero ordena a la mujer que lo siga. Atraviesan espacioso salón donde Tygüi ve varios nichos en los que han puesto estatuas de oro y esmeraldas que representan a una mujer con un niño en brazos. Al final del salón dan con una poterna.
El guía se detiene; manda a la moza que se coloque de espaldas a la poterna; golpea dos veces con los nudillos y toma junto a la hembra igual posición. La poterna se abre y exigente voz los invita a seguir. Entran Tygüi y acompañante, caminando hacia atrás, inclinados sus troncos. Dan nueve pasos y hacen alto. Ella, sin levantar la cerviz, sin voltearse, dice: Salud, señor.