Los hijos del fuego 7. Los celos de Bruno provocan que Antonio abandone el apellido Monegario. Bruno lo hace ejecutar.
Durante el viaje de regreso a Venecia, las olas balanceaban la nave de proa a popa haciendo rodar por cubierta todo lo que no estuviera amarrado. De la misma manera, las ideas de Bruno iban de un lugar a otro, mientras la pluma se negaba a completar frases que reflejaran con claridad lo vivido.
La filosofía distinta aprendida en Al Qahira, las vicisitudes de la expedición y el relato de la vida en el oasis se mezclaban en su pensamiento pugnando por la prioridad, con una celeridad tal que la mano quedaba rezagada y tropezaba en su afán por traducir en palabras los recuerdos.
Había aprendido que escribir no era sólo el acto de expresar un pensamiento o un recuerdo, sino reflexionar sobre el significado de cada palabra. Bruno se concentraba en cada una de ellas en lugar de querer adelantarse al sentido de la frase.
Finalmente se impuso en su escritura el recuerdo más reciente, el de su gozosa esclavitud. Trató de referir gráficamente la ubicación del espléndido oasis, pero fuerzas desconocidas borraban durante la noche los trazos logrados con el esfuerzo de cada jornada.
Cuando terminó el relato lo releyó y advirtió que nadie lo creería. No traía consigo objeto alguno que probara, al menos en parte, sus experiencias.
Recordó entonces las frutas que ya se habían secado completamente. Les extrajo las semillas y las guardó con la intención de sembrarlas en su tierra y cultivar esos maravillosos árboles que alimentaban a saciedad y abrían las mentes a la comprensión universal, sin necesidad de palabras.
El entretenimiento que le proporcionó la escritura sirvió para frenar sus ansias por llegar a puerto. Allí lo esperaba su sobrino que lo recibió con grandes honores, superados sólo por sus demostraciones de cariño.
La nueva casa de Antonio era un palacio en cuya construcción habían participado los mejores arquitectos del momento. La rodeaban jardines frondosos con abundantes flores exóticas traídas de tierras lejanas y estatuas de mármol blanco que representaban deidades femeninas., En ellos se multiplicaban aves de variado plumaje y pájaros que llenaban el aire con sus trinos.
El salón principal, ubicado sobre los establos, brillantemente decorado con tapices y alfombras era el ingreso a la magnífica vivienda. La armadura animada, que Bruno recordaba del castillo de su amigo Guillermo, era parte del ornato y estaba ubicada en tal posición que parecía vigilar la puerta de acceso al palacio.
La esposa de Antonio, María, estaba encinta por segunda vez. No era de una familia rica, pero en cambio ostentaba las más consideradas virtudes de una mujer. Marina, la pequeña hija de ambos que intentaba dar sus primeros pasos, trastabillaba y caía reiteradamente sobre la pesada alfombra, mientras tío y sobrino compartían una larga charla.
Bruno hablaba con entusiasmo de sus aventuras, más interesado en relatarlas que en escuchar a Antonio, cuando éste intentaba ponerlo al tanto de la gran expansión alcanzada en los negocios. Los progresos eran evidentes y Bruno decidió dejar en manos de su sobrino el manejo de ellos.
Él adquirió un predio cercano y allí se dedicó al cultivo de las semillas que conservaba como la única constancia de su aventura. Convencido de su maravilloso poder alimenticio, las sembró y luego cuidó de las pequeñas plantas esperando se transformaran en aquellos árboles de tan intenso verde. Pero las plantas no crecían; a pesar de sus cuidados se transformaban apenas en pequeños arbustos que sus empleados debían mantener limpios de malezas con mucho trabajo.
Uno de sus perseguidores, pecado capital que conoció durante la esclavitud, lo alcanzó entonces y lo sometió. La envidia por los éxitos de su sobrino aumentó con su fracaso. Durante muchas tardes se sentó mirando los matorrales tratando de encontrar alguna solución. Los hombres que escardaban los surcos ya miraban de reojo a su patrón y hacían bromas sobre la altura que alcanzarían las plantas.
Una tarde, recorría la plantación enfurecido cuando distraídamente se llevó a la boca y mordió una de las hojas. Al instante volvió a sentirse fresco, vigoroso y sus juveniles deseos carnales repentinamente se renovaron. De inmediato reunió a sus hombres y los invitó a probar una hoja para comprobar su eficacia como energizante viril. Ante el resultado positivo mandó que todos que fueran a visitar a sus esposas y luego los despidió para evitar que le robaran más hojas.
La noticia se difundió y recorrió Venecia y las poblaciones vecinas, donde llegaba con algunos aditamentos. No sólo el vigor se renovaba en quienes lo habían perdido con la edad, sino en enfermos que se levantaban de su postración. Hasta se dijo que los muertos estaban resucitando gracias al elixir de la juventud que el mercader había traído del desierto y aplicaba con su magia. Pronto la fortuna de Bruno aumentó considerablemente; también su fama de mago y aún de santo. Comenzó a ser aclamado por el pueblo y se convirtió en un importante hombre público.
Optó entonces por dedicarse a la política y consiguió que los electores del Gran Consejo lo nombraron Dux. Convertido en primer magistrado, la soberbia que había dejado enterrada en aquella depresión a orillas del Nilo lo alcanzó y se apoderó de él. No venía sola, sino acompañada de la codicia.
Victorio, que en ese entonces se desempeñaba como archidiácono del Obispo de Venecia, estaba de visita en casa de su medio hermano. Sentados en un banco del jardín conversaban preocupados. Coincidían ambos en el desprecio por las actitudes despóticas e injustas de su tío Bruno.
Entraron a la sala cuando bajó la temperatura de la tarde. La adusta armadura parecía custodiar amorosa los juegos de Marina y su hermanita Brunilda. Las pequeñas hijas de Antonio corrieron a besar al tío que levantó a la más pequeña, mientras Antonio se dirigía a la habitación donde la esposa, embarazada por cuarta vez, cambiaba los pañales al pequeño Antonio de un año.
Quería conversar con ella. Estaba preocupado por el mal uso del poder de Bruno. Le causaba indignación que el malestar popular asociara el apellido Monegario del malvado Dux al nombre de su familia y su negocio, que tanto prestigio habían adquirido precisamente por su honestidad en los compromisos que asumían.
Le manifestó a su mujer que había decidido ofrecer a su tío la mitad de los bienes que poseían. Repudiaría sus actitudes y no utilizaría más su apellido, aún cuando fuera en detrimento del negocio. Usarían como apellido el sobrenombre de su padre “Hijodelfuego”
La esposa asintió con la humildad de siempre, pero le advirtió: “Deberás ser precavido porque tratará de perjudicarte”. Las mismas palabras usó poco después Victorio.
La herencia de sangre caliente que Antonio había recibido de su padre y su abuelo apareció por encima de la mansedumbre y reflexión que parecían ser los reguladores de su conducta. Sin mucha prudencia se enfrentó a Bruno con su propuesta.
Esta vez fue la ira la que atrapó a su tío, que paulatinamente estaba siendo alcanzado por todos los pecados capitales con los que había convivido.
Tentado por la suma de ellos, el Dux comenzó a poner en marcha su venganza. Esa noche Antonio se encontraba descansando cuando fuertes ruidos le hicieron presumir que alguien intentaba ingresar a su casa. Se levantó rápidamente y tomó su espada.
Al llegar al salón encontró que la puerta había sido forzada y estaba semiabierta, trabada con la armadura que había caído contra ella en su afán por proteger a la familia impidiendo el paso del intruso.
Vio que el frustrado ladrón bajaba apresuradamente al establo y corría por el jardín. Lo alcanzó y arremetió contra él, dándole muerte. Resultó ser uno de los sicarios del Dux.
Días después fue llamado a declarar. El primer magistrado había conseguido presentar la muerte de su servidor como el asesinato de un honesto ciudadano. Con testimonios falsos adujo que la riña se produjo cuando disputaban el amor de una mujer. Siendo juez y parte consiguió manipular el caso y encarcelar a su sobrino.
La mujer de Antonio, desesperada, recurrió al mejor amigo que tenía, el archidiácono Victorio para que buscara la influencia del obispo.
Ningún resultado tuvieron las gestiones de Victorio ante quien era uno de los más fieles aliados del Dux . Este continuó con sus arremetidas contra la familia que lo había repudiado hasta despojarla de todos sus bienes aduciendo ser el único Monegario al que pertenecían las riquezas.
Victorio, quien ya estaba cansado de la ostentación de lujo y poder que hacía su obispo, renunció a su condición de archidiácono y se retiró de la casa episcopal con intención de unirse a un grupo de monjes que se hacían llamar “pobrecillos” y vivían de la caridad.
Antes decidió ocuparse de la familia de su casi hermano hasta tanto éste fuera liberado.
Pero el inescrupuloso tío aún tenía intenciones más siniestras. No contento con haberse apoderado de todos los bienes de su sobrino, siguió presionando desde su poder hasta lograr que fuera condenado a muerte.
En la madrugada Antonio fue conducido al patíbulo acompañado y confortado por Victorio que le prometió atender a su familia, al tiempo que le prestaba su asistencia espiritual, repitiéndole que son bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados y los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.
Victorio ponía especial énfasis en recordarle que también lo serían los misericordiosos porque ellos recibirán misericordia, intentando que Antonio se presentara ante Dios habiendo perdonado los agravios y la maldad de su tío.
Cuando el condenado enfrentó a su tío que presenciaba la ejecución, le escupió la cara mientras miraba con aflicción a su confesor pidiéndole que lo absolviera.
El verdugo lo obligó a ponerse de rodillas y apoyar su cuello sobre un tronco. Levantó su hacha y la descargó con fuerza sobre el cuello, seccionando totalmente la cabeza. Que rodaran parecía ser el destino de la familia.
El Dux intentó hacer colocar la cabeza en la punta de una lanza para escarmiento de los asesinos, pero el malestar que su injusticia provocaba en el pueblo lo hizo desistir en previsión de posibles desórdenes.
Aún así, poco tiempo después una revuelta popular consiguió aprisionar al maligno magistrado al que decapitó luego de lincharlo. Su cabeza fue expuesta en la punta de una lanza.
La familia de los Hijos del Fuego había quedado en la miseria.
Continuartá…
Todo nos remonta a una antiguedad que siempre es bueno tener presente. Sigo con mis felicitaciones y a esperar los próximos sucecesos.