Paulo Nabor, un joven escritor veracruzano, toma el delicado trabajo de “corresponsal de guerra” en plena revolución mexicana. Quinta parte.
Paulo nunca se había enamorado, había tenido algunas novias y de cuando en cuando visitaba algún prostíbulo en busca de calidez femenina, pero nada más.
Desde que conoció a Sara Pérez Romero supo que el día que se enamorara seria de una mujer como aquella.
De clase social acomodada Doña Sarita fue una mujer educada en los mejores colegios, no solo de México sino del extranjero, refinada y elegante, de gran porte y recio carácter, Doña Sara sabia tratar igual a altos políticos, jerarcas religiosos o embajadores, aristocrática e idealista su gran amor fue Francisco I. Madero.
Por el prácticamente abandono todo, su comodidad y posición, aunque Madero era también un hombre acomodado, la realidad es que Sara fue quien mas sacrificios hizo por seguir a su esposo.
Después del fraude electoral de 1910, cuando Madero se sublevo contra el gobierno, este fue perseguido por el gobierno, incluso encarcelado, Sara no dejo de seguir y apoyar a su esposo, incluso organizaba a los alzados y recababa fondos entre los hacendados y ricos de las ciudades que simpatizaban con la causa maderista. Para el gobierno era tan traidora como el mismo Madero, aunque se le tenia cierta consideración.
Madero fue apresado en Nuevo León y Sara vivió con él en el cautiverio, pero cuando el gobierno vio el malestar por el encarcelamiento de Madero lo trasladaron a San Luis Potosí, Sara lo siguió, sin embargo no le permitieron vivir con él, así que tuvo que rentar una casona muy cerca del presidio.
Cuando Madero se exilio en San Antonio Texas, Sara también lo siguió, aprovechando sus múltiples contactos continuamente cruzaba la frontera para organizar mítines y reuniones clandestinas, recabar fondos, llevar y traer noticias de “panchito” como cariñosamente llamaba a Francisco.
- ¿Almorzó ya? – Pregunto de pronto Sarita
Paulo estaba adolorido, su pierna le dolía sobre manera y pensó que tal vez le habían roto algún hueso, o algo peor, pensó que tal vez se quedaría tullido para siempre,
- No, señora… -respondió con voz entrecortada.
He seguido tu relato capítulo por capítulo y cada vez es más interesante saludos y aplausos para ti.