Los hijos del fuego 7. Bruno transformado en macho reproductor de una comunidad de mujeres de ocho pezones.
Cuando comieron otra fruta notaron que éstas también parecían haber sufrido el cambio de clima ya que comenzaban a secarse. Finalmente, sedientos y cansados de caminar bajo el sol insoportable, arribaron a los primeros árboles y se sentaron a descansar.
Una tonificante brisa soplaba aumentando la frescura de la sombra que les proporcionaban esos frondosos árboles que mantenían la humedad de la tierra negra y marcaban el final de la caliente sabana amarilla que habían transitado.
Bruno dejó a Superbia sentada contra el tronco de un árbol mientras un sudor frio corría por su afiebrado cuerpo. Temeroso, recordando que en ese sitio había sido abordado por los beduinos, se acercó al río para refrescarse, mojar las frutas y traer algo de agua para su acompañante.
Aunque no tardó demasiado en regresar encontró a la mujer moribunda. La transpiración mojaba sus ropas y convertía en un charco de agua el lugar donde estaba sentada, deshidratada y seca, como si todo el líquido hubiera escapado de ella.
Cuando comprobó que había fallecido, oró por su alma encomendándola a Dios, aún dudando si los pecados capitales podían purificarse en el Purgatorio o sólo estaban destinados al tormento eterno del Infierno, como algunos herejes sostenían. Después colocó su cuerpo en una pequeña depresión del terreno y lo tapó con ramas y barro para resguardarlo de las alimañas.
Caminó a la vera del agua hasta llegar a la primera población. Se internó en ella tratando de no ser notado por temor a que sus perseguidores estuvieran esperándolo. Anduvo por angostas callejuelas solitarias hasta llegar al mercado donde buscó al egipcio que lo había guiado cuando compró los camellos para sus acompañantes, los que habían sido muertos por los beduinos.
Éste conocía su acaudalada posición y se ofreció para llevarlo a Alejandría, seguro de obtener una importante recompensa. Allí no encontró a ninguno de los que habían sido sus clientes veinte años antes.
Entonces buscó en el puerto la manera de abordar un navío que lo llevara a Venecia. Fue reconocido por el capitán, quien le contó que el barco pertenecía a su familia. Su sobrino, aquel pequeño que había quedado en sus tierras, se había hecho cargo del negocio y lo había transformado en una de las mayores empresas de lana.
Se sintió a salvo y cayó rendido en un camastro. Cuando despertó estaban ya en alta mar.
Continuará…