Los hijos del fuego 7. Bruno transformado en macho reproductor de una comunidad de mujeres de ocho pezones.
En su tarea de esclavo y amante satisfizo a cuanta mujer le tocó complacer. Su fama se extendió por toda la fortaleza y llegó a oídos de la reina que lo hizo llamar a su presencia.
Solamente la familia real tenía el privilegio de disponer de un hombre a su servicio exclusivo. La princesa octetafera Pigritia IV estaba ya en edad de procrear, requisito indispensable para asumir después el reinado. Bruno recibió la orden de dedicar sólo a la princesa toda su demostrada capacidad de amar durante el día, la noche y cuando ella lo requiriera.
Su única función pasó a ser la de macho reproductor para lograr el indefectible embarazo de la princesa, ya que no había otra manera de asegurar la continuidad de la especie. Los hijos nacían solamente de la realeza porque las otras mujeres no estaban dotadas para concebir.
Al ver a la princesa desnuda comprobó la exactitud de la denominación “octetafera” En cada uno de sus senos tenía cuatro pezones, algo que no ocurría con las otras mujeres, como ya había comprobado. Cumplió eficientemente sus obligaciones hasta que la embarazó.
Pasadas ocho lunas, la princesa comenzaría a parir un hijo en cada cambio de cuarto, hasta completar el número de ocho que se repartirían sus pezones. La niña nacida en el último cuarto de la luna nueva sería elegida para ser luego la princesa y octetafera. Esa niña sería alimentada con el fruto del árbol habitado por Pigritia IV, alimento que daría a su cuerpo las propiedades de engendrar que ostentaba su madre.
Luego de destetados, los restantes niños pasarían al cuidado de las mujeres seleccionadas transformándose en mujeres estériles y hombres esclavos.
Los recién nacidos serían nominados Gula, Avaritia, Ira, Invidia, Supervia, Luxuria y Vanagloria, sin distingo de género, ya que simplemente señalaban su misión de extraer del alma de la princesita el pecado capital que representaba cada uno de ellos. Estos nombres se completaban con el de Pigritia, madre de todos los vicios, que estaba reservado a la pequeña que un día sería reina capaz de concebir.
Cuando llegó el momento en que la princesa debía comenzar a parir, la reina se instaló con ella para ayudar a su hija en ese parto de dos meses.
El mercader no había olvidado su vida en occidente. Su espíritu aventurero ya estaba satisfecho y quería regresar a sus propiedades para aprovechar sus nuevos conocimientos.
Durante el tiempo de abstinencia, con la reina y la princesa alojadas en su árbol y ocupadas de los sucesivos partos, Bruno entabló relación con Superbia. Endulzó los oídos de ésta diciéndole lo hermosa que era, contándole cómo vivían en occidente las mujeres menos bonitas que ella pero adornadas con faustuosos vestidos y preciosas joyas, perfumes, peinados y afeites. Le habló de los bailes y fiestas de las cortes donde las mujeres eran admiradas por los hombres que se desvivían por seducirlas, de cómo todas podían lucir orgullosas sus hijos, concebirlos, amamantarlos y dedicarse a su cuidado.
Superbia, siempre deseosa de ser más importante y atractiva que las demás, quedó atrapada en su propio pecado y Lucifer además le permitió apoderarse de los otros. Cuando el demonio entró en ella, se rindió al hombre cuyo único plan era el de conocer las palabras que le permitirían abrir el peñasco para escapar. Pero Superbia no era tonta y sólo accedió a decirlas si ambos huían juntos.
La princesa estaba ya en los trabajos del último parto cuando decidieron hacerlo. Escaparon de noche, llevando un pequeño cargamento de frutas y pidiendo a la luna que se ocultara tras las nubes para no ser descubiertos por los demonios que se habían lanzado en su persecución, capitaneados por la sanguinaria Ira.
El sol de la mañana los encontró lejos de la fortaleza. Comieron una fruta que recompuso sus fuerzas y calmó su sed. Suponían haber escapado ya al demoníaco acoso; Bruno comprobaría tiempo después que no era suficiente la distancia física para no ser alcanzado por los pecados capitales.
Siguieron la marcha tratando de llegar lo antes posible a la tierra fresca cercana al río. La mujer no se sentía bien; enfermó al cambiar la temperatura vivificadora que se respiraba en la fortaleza por la sequía del desierto.
Cuando comieron otra fruta notaron que éstas también parecían haber sufrido el cambio de clima ya que comenzaban a secarse. Finalmente, sedientos y cansados de caminar bajo el sol insoportable, arribaron a los primeros árboles y se sentaron a descansar.
Una tonificante brisa soplaba aumentando la frescura de la sombra que les proporcionaban esos frondosos árboles que mantenían la humedad de la tierra negra y marcaban el final de la caliente sabana amarilla que habían transitado.
Bruno dejó a Superbia sentada contra el tronco de un árbol mientras un sudor frio corría por su afiebrado cuerpo. Temeroso, recordando que en ese sitio había sido abordado por los beduinos, se acercó al río para refrescarse, mojar las frutas y traer algo de agua para su acompañante.
Aunque no tardó demasiado en regresar encontró a la mujer moribunda. La transpiración mojaba sus ropas y convertía en un charco de agua el lugar donde estaba sentada, deshidratada y seca, como si todo el líquido hubiera escapado de ella.
Cuando comprobó que había fallecido, oró por su alma encomendándola a Dios, aún dudando si los pecados capitales podían purificarse en el Purgatorio o sólo estaban destinados al tormento eterno del Infierno, como algunos herejes sostenían. Después colocó su cuerpo en una pequeña depresión del terreno y lo tapó con ramas y barro para resguardarlo de las alimañas.
Caminó a la vera del agua hasta llegar a la primera población. Se internó en ella tratando de no ser notado por temor a que sus perseguidores estuvieran esperándolo. Anduvo por angostas callejuelas solitarias hasta llegar al mercado donde buscó al egipcio que lo había guiado cuando compró los camellos para sus acompañantes, los que habían sido muertos por los beduinos.
Éste conocía su acaudalada posición y se ofreció para llevarlo a Alejandría, seguro de obtener una importante recompensa. Allí no encontró a ninguno de los que habían sido sus clientes veinte años antes.
Entonces buscó en el puerto la manera de abordar un navío que lo llevara a Venecia. Fue reconocido por el capitán, quien le contó que el barco pertenecía a su familia. Su sobrino, aquel pequeño que había quedado en sus tierras, se había hecho cargo del negocio y lo había transformado en una de las mayores empresas de lana.
Se sintió a salvo y cayó rendido en un camastro. Cuando despertó estaban ya en alta mar.
Continuará…