Remonte del río Grande de la Magdalena por entre la selva tropical. Nuevo capítulo de una novela de aventureros españoles que conquistaron en el siglo XVI el territorio que hoy ocopa la República de Colombia.
Las naves. Tragaron quina, probaron la paciencia, pero aportaron. Ahí mismo a los barcos los enfermos. Los sanos emprenderían la brava conquista. Irían a desflorar el feraz averno unos siete centenares de aventureros y cuatro carabelas. Más o menos quinientos por tierra con don Gonzalo, el letrado, al mando. En una vanguardia desbrozarían el capitán Rodríguez, Rodrigo y varios otros baquianos, los insensibles a las picaduras, los que comían poco, bebían menos, no se quejaban, dormían encima de los árboles, a quienes la intuición les avisaba proximidad de culebras y raras veces los sorprendían tigres.
En apariencia los baquianos no se fatigaban, pero la espantosa selva tampoco los eximiría. De todas suertes empujaban cantando: “Por mirar su fermosura/ destas tres gentiles damas, / yo cobrime con las ramas, / metime so la verdura. / Tra la la la la/ lara la la la la. / La niña que amores ha, / ¿sola cómo dormirá?…”
Los insectos se multiplicaban, el diluvio no cesaba, el bochorno era intolerable. Un oficial se puso en cueros: su espalda se veía llena de úlceras donde pululaban gusanos. Corrió impetuoso aparte del grupo. ¡No! ¡Alto, insensato, alto! -Le gritó un compañero en vano-. Se arrojó a una turbia ciénaga y al instante lo destrozaron los caimanes.
Al agua, a los lagartos el cabrón, el hijo de perra que nos metió en esta. Que muera el infeliz. ¡Muera, muera! Don Gonzalo arrostró la caterva: ¿Quién me va a echar al agua? ¿Quién? Que se arrime. Dos arremetieron. Sobre el primero disparó don Gonzalo a quemarropa. El otro intentó descargar su arma, pero don Gonzalo, con agilidad gatuna, brincó a su izquierda, le arrancó el machete a un soldado y de un tajo decapitó al insurrecto.
Mientras tanto los baquianos y otros comandantes cubrieron la espalda del jefe y se mostraron dispuestos a secundarle. Don Gonzalo, en jarras, con el machete sangrante sobre su pierna, espetó: ¿Qué os pasa? ¿Tenéis miedo?
Los hombres callaron, algunos agacharon la cabeza. Daba grima ver sus macilentas estampas. No hacía un mes, en Tamalameque, si no gordos al menos se veían vivos. Hoy semejaban espectros. Don Gonzalo mismo, un zancarrón barbiluengo, si bien con brillo de mucha vida en sus negros ojos. Se habría dicho que lanzaba llamas de las pupilas al pasar por tamiz el aquelarre. Infló su pecho, su costillaje, para ser exactos, y exclamó: Hermanos, no sucumbiremos. Hermanos, ¡viva España! ¡Vivaaa!