Se cuenta que en Guanajuato, una ciudad de leyenda, existió en la época colonial una casa de apuestas, donde el juego favorito era el llamado “truco”, bastante arriesgado, que ya había dejado a algunos cuantos en la completa ruina. Sin embargo, la historia de Martín Padilla fue la que ha logrado sobrevivir a los embates del tiempo.

En la calle que hoy se conoce como del truco, originalmente llamada calle de los Guadalajareños en una de las casas que se ubicaban a un costado de la actual parroquia de nuestra señora de Guanajuato, por el lado que da al río, existía una casa de tosca arquitectura, cuyos dueños eran unos comerciantes españoles con poco tiempo de haber llegado. En esa casa diariamente, después de las 6 de la tarde, era el centro obligado de personas de amplio poder económico de esta creciente villa, las cuales se entretenían en juegos de naipes. Sin embargo el juego favorito y predilecto era conocido con el nombre de el truco, juego por demás arriesgado, y donde ya más de alguno de los asistentes se había quedado completamente en la ruina.
Al poco tiempo este lugar se le conoció como la casa del truco, se volvió tan popular y famosa, al grado de que la calle adopto el nombre de la casa ubicada en ese lugar, hasta nuestros días. Cientos fueron las historias que ahí se vivieron por parte de los asistentes, sin embargo solo la historia de Martín se refugiaría en los nichos de las consejas más populares de esta ciudad.
Martín Padilla, hombre de amplia fortuna y múltiples posesiones, quien estaba felizmente casado con doña Isabel, una hermosa joven de aproximadamente 22 primaveras, pelo rubio, de ojos azules, tez blanca y tersa, de estatura alta, y complexión robusta; sin embargo la belleza de la joven no fue suficiente para Martín, quien ya se había convertido en un cliente frecuente de esta casa de juego; poco a poco fue minando su basta fortuna, al día siguiente se dice volvía en busca de recuperar lo perdido, sin embargo contadas fueron las ocasiones en las que logro congeniar con la suerte.
Se cuenta que fue tanta su adicción al juego, que una vez que lo perdió todo, fortuna y posesiones, apostó a su misma esposa, juego que para su mala fortuna perdió; el afortunado ganador de los favores de la dama fue Nicolás Jiménez, sin embargo como Martín, este encontró mayor atractivo en el juego y por la cantidad de 100 pesos, apostó con un hombre de 35 años de nombre José de Herrera, el cual corrió con una noche de suerte.