content top

El hombre más feliz de Venezuela

Cómo somos cuando vemos belleza… en cara ajena.

En la vitrina alquilada de un comercio cerrado exhibimos El hombre más feliz de Venezuela (carne y hueso, 1.80mts). El hombre más feliz de Venezuela era Leroncio. Le pagamos por día para que se exhibiera en aquella vitrina con una hamaca, un sillón y unas pantuflas. Yo filmaba a través de un agujerito en el cartelón las reacciones de la gente que desde las seis de la mañana caminaba apurada para llegar al trabajo. Pasaban casi sin darse cuenta.

A los pocos metros frenaban y se volteaban para ver a Leroncio dormitando bajo el gran cartelón que decía El hombre más feliz de Venezuela Entonces se les veía en sus caras tristes de madrugadores la gran melancolía, pero por qué este estúpido El hombre más feliz de Venezuela. ¿Acaso yo no soy feliz?. Y si no soy feliz qué hago viviendo. Qué he hecho de mi vida.

Todos esos pensamientos que se notan cuando a alguien se le encorvan los hombros y el rostro se le pone amarillento y en los labios se le marca esa comisura así. Lo malo era que seguían para su trabajo pateando lo que encontraban, pero de todos modos bastantes se quedaron frente a la vitrina tratando de averiguar.

Dígannos qué venden, qué es lo que anuncian, cómo es el negocio, cuándo es la rifa, para qué, cuánto. Con gritos cada vez más amenazadores.

Les explicamos que nada vendíamos. Que simplemente exhibíamos El hombre más feliz de Venezuela. Empezó el motín. Rompieron la vidriera. La reja metálica nos protegió.

Ya no preguntaban. Tiraron piedras y basura hasta que la calle quedó limpia. Entonces no tuvieron más proyectil que la amargura. Nos miraron con aquella tristeza cuando salimos detrás del cartelón donde nos habíamos protegido. Leroncio empeoraba las cosas. Cuando reclamaban qué derecho tenía él a ser feliz, no contestaba.

La policía agravó la situación con su circulen, circulen, que no hizo más que aumentar el número de curiosos, y con sus órdenes de cierre que nuestro abogado anulaba pidiendo que le citaran el artículo de la Ordenanza Municipal ó la Constitución que prohibía exhibir El hombre más feliz de Venezuela.

Entonces fue que la prensa con su habitual sensacionalismo desató la polémica acerca de si estaba prohibida la felicidad. A esas alturas, la muchedumbre estaba dividida entré la que traía tullidos para pedir milagros, y la que intentaba vencernos con la mera presencia de su rencor. Los periódicos de la tarde anunciaron un incremento del ausentismo y los suicidios.

Esa noche un cuerpo parapolicial intentó secuestrarnos, pero huyó asustado por el resplandor de cámara, que terminó siendo algún chico con celular de cámara a quien tomaron por reportero. Alguien con muy mala puntería nos disparó. Dos o tres químicos ineptos nos lanzaron cócteles explosivos que sólo llegaron a oler mal. Pero eran apenas calenteras de palurdos.

La luz de la madrugada nos reveló que el odio del público dejaba paso a esa lánguida desesperación que produce todo análisis de la cuestión de la dicha. Hasta los vendedores de felicidad que habían aprovechado el tumulto para vender píldoras, panfletos y candidatos políticos, se escurrían avergonzados entre la turba que desertaba desalentada. El tráfico se detuvo. Uno por uno, los servicios públicos dejaron de funcionar. Eran las señales del colapso previsto. Removiendo los escombros, salimos por la fachada. Las calles estaban desiertas.

En cada una de las vitrinas de los otros comercios, hasta donde alcanzaba la mirada, un individuo con cara triste se exhibía a sí mismo con un carteloncito improvisado que lo proclamaba como el hombre más infeliz de Venezuela. Se vencieron a sí mismos.

2
Liked it
Etiquetas: , ,
votar


Leave a Reply