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Te he enseñado bien, pequeña

Una pequeña historia de vivir y de no vivir, de sonreír y gritar, de la amistad que nunca fue y de todas las miradas perdidas.

¿Qué es un año? Bueno, han pasado varios desde que te conocí. Varios desde que, cuando niño, te miraba y pensaba en lo linda que te veías. Y dicen que los años se llevan consigo muchas cosas, y al parecer, y aunque muchas veces no estoy de acuerdo con ello, es cierto.  Debe haber sido algún día frío, porque son esos los que me sientan bien, en el que todo cambió a mi favor. Debe haber sido un jueves, porque los jueves suelen ser buenos para mi. Derrepente fue en noviembre, un mes muy particular para mí. No lo sé, no recuerdo, no sé que es un año y mucho menos un día, pero pasó. Un día eras tú quien me miraba a mí, y yo me reía de la vida, porque ella a veces se ríe de mi. Y yo sonreía tímidamente porque asi todo se ve mejor, casi como un cuento. Y me reía porque, sin querer, me había enamorado de la que me sonreía desde siempre, de la que me miraba coquetamente, de quien podría escribir mil libros, de quien nunca me podré escapar, de quien no quiero escapar.

Es que así es la vida y se toma como viene, no hay más. Y decidí dejar que las cosas pasaran como tenían que pasar. Conversamos cuatrocientos cincuenta y seis veces, o quizá más, pero de ninguna manera menos. Me tomé el trabajo de enseñarte a gritar tu opinión, a portarte mal, a ser malcriada, a decir malas palabras sin remordimiento, a ser sinvergüenza. Te enseñé a ser una mala persona, porque siempre creí que era necesario para sobrevivir. Te enseñé a mentir sin descaro, a mirar desafiante, a reir de la vida, pero alguien más te enseñaba otras cosas. Te enseñaron a enamorarte, a alejarte de mi, a darme la espalda, a olvidarte de mi. Te enseñaron el lado peligroso del sarcasmo, aquel que decidí no mostrarte porque pensé que corrías peligro si lo aprendías. Y no me equivocaba. Claro que no.

Aunque te enseñaron lento, aprendiste lo necesario. Y aunque estabas coqueta, y nunca supe quien te lo enseñó, estabas igual. Alguien más te enseñó a volverte loca, y fue ese el acabose. Me dijiste que nunca más querías verme, que no querías escucharme nunca más, que nunca más debía escribirte. Lo hiciste con todas las malas costumbres que te enseñé, con todas las malas palabras y tan grosera como jamás imaginé. Te enseñé mejor que nadie y decidí que habías aprendido bien. Decidí, antes de despedirme por última vez, enseñarte los buenos modales que deberías conservar con algunas personas. Y me despedí con la esperanza de que lo hubieras entendido. Estás lista para vivir sin mí, te he enseñado todo lo que necesitabas. Te he enseñado bien, pequeña, y me duele.

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