El “olvido” como artífice de nuestras fortunas e infortunios.
Olvido que resulta tan verstil que a veces es útil, placentero, inútil o un tormento, pero que sin lugar a dudas -para los misteriosos avatares y derroteros del tiempo- es necesario. Olvido que refleja nuestra humanidad cuando lo subestimamos en la juventud y nos aterroriza en la vejez. Olvido que refleja lo finito que es el hombre frente a los lites absolutos del tiempo.
Y es que el olvido solo me devuelve quimeras. La joven deslumbrante me regresa como una anciana cansada. La ley otrora justa es hoy letra muerta aborrecible. El vino que dejé en el fondo de mi cava no es hoy más que vinagre. Y la imagen que vi del otro lado del océano se repite de este lado, en otro tiempo y en otro lugar, completamente adulterada.
Y es que el olvido sólo me devuelve quimeras. Y el hombre en su arrogancia se engaña a sí mismo pensando que la idea o la persona es la misma de antaño. Se rehsa a creer que está frente a una quimera con la cual debe contentarse y así poder torear el futuro. El recuerdo no es mas que pensamiento quimrico.
Pareciera que los únicos compañeros frente al embate de estas quimeras son los amigos cercanos y la familia. Pues aunque cada quien lidia con sus propias quimeras, esos amigos y esa familia tienen -por su constante cercanía- ya algo de nuestra individualidad, que inevitablemente -durante las ausencias- será presa del pensamiento quimérico que nos trae el olvido.
Ausencias y silencios que hacen crecer los olvidos. Ausencias y silencios que tambin nos hacen sentir nuestra propia humanidad al hacernos sabedores de la finitud de nuestro conocimiento. Ausencias y silencios cortos o prolongados que las quimeras aprovechan para plantarse en otra persona, en otra vida, en otra circunstancia. Como en una noche tranquila, oscura, húmeda y silenciosa, el hombre se enfrenta a un silencio que solo preconiza la llegada de esos monstruos a la mañana siguiente, una mañana ruidosa y llena de quehacer donde confluyen olvidos y recuerdos quiméricos.
El concepto pétreo elaborado por el hombre y totalmente ajeno al tiempo pareciera ser meramente una ilusión. El relativismo hace que hasta una piedra parezca una esponja en otro tiempo o en otro lugar o bien, lo que significa bondad varía su significado en otro tiempo o en otro lugar. Es ese el origen de las quimeras que acechan el presente del hombre. Y en respuesta el pobre hombre incauto pretende conquistar al tiempo: quiere dejar muestra de su presencia en una historia muy suya y en un vasto futuro que ni siquiera imagina. Y olvida entonces su presente y las quimeras se adueñan de él alterando sus recuerdos.
Pero la codicia del ser humano quiere ganarle al olvido. Quiere guardar para sí el recuerdo del aroma de la persona amada, esa sonrisa que permaneció en el rostro de uno varios días, esa suave y divertida melodía que nos alegro el fin de semana, el nombre de la colorida y calle por donde dábamos nuestra caminata diaria o la voz de un maestro amigo por ejemplo. Y ahí sigue el hombre frente a la marea del olvido, atesorando más y más recuerdos como un niño que llora porque el mar se está llevando sus juguetes.
Y entonces, minutos, horas, días, meses o años después regresan las quimeras. La persona que recordábamos como noble es ahora mezquina y la idea que recordábamos como gentileza significa hoy avaricia. Y las rechazamos. Y entonces, minutos, horas, días, meses o años después regresan las quimeras. La persona que recordábamos como mezquina es ahora leal y la idea que recordbamos como avaricia significa hoy prudencia. Y las aceptamos. Y entonces, minutos, horas, días, meses o años después regresan las quimeras…