Sin duda alguna, la religión es un fenómeno que tiene la facultad de movilizar masas, de disciplinar voluntades, de modificar hábitos de comportamiento en pueblos enteros… Es por tanto, un fenómeno de interés para el Estado.
Pero más allá de estos aportes, y de manera especial, la contribución vital de la religión a un Estado como el nuestro estará en la afirmación de una moral que dignifique al ser humano y lo ayude a gobernarse a sí mismo de tal manera que cada uno pueda ser ejemplo para otro. Para qué negarlo, quien tiene a su cargo una función política encontrará que la moral lo coloca con frecuencia en severas encrucijadas.
Me sugiero a mí mismo que una interpretación incorrecta de El Príncipe de Maquiavelo ha logrado colar la creencia de que, para acrecentar su poder y mantenerlo, el líder político no está sujeto a las mismas normas éticas que cualquier ciudadano con responsabilidades públicas. Sabiendo que las conductas nacen de las creencias más me persuado de la verdad de esta impresión al ver a un número importante de nuestros funcionarios políticos obrando exactamente de forma contraria a lo que la población espera de ellos. Me acerco aquí a la paradoja del funcionario político de mi país quién me exige a mí no mentir en mis declaraciones de impuestos mientras él me miente descaradamente con los índices públicos; al empresario que me emplea lo persigue para que mantenga sus activos en el país mientras él mantiene en un banco suizo los fondos de su provincia; me habla de libertad y de derechos al mismo tiempo que secuestra mis aportes jubilatorios; me ruega que le crea y lo vote entretanto sigue haciendo anuncios grandilocuentes que a las horas pasan a integrar la larga lista de bochornos.
La paradoja me aterra cuando descubro la calidad institucional tan pobre de nuestra democracia cuyo sistema actual nos deja sin más alternativa que seguir votando a un mismo aparato de rostros diferentes pero con la misma esencia pervertida. Es aquí donde recupero una de las funciones más necesarias de la religión: que sus representantes no se permitan el juego de seducción con el poder de turno sino que utilicen su investidura para señalar la inconducta del funcionario político y demandarle un comportamiento acorde a su responsabilidad pública. La falla moral en los representantes del Estado, especialmente cuando está acompañada de petulancia, puede terminar esparciendo por todo el país semillas de irreverencia a las leyes en general, pues “Si el príncipe peca, pecarán desde el mayor hasta el menor porque ven que no hay castigo”. De modo que en un contextos de evidente corrupción política se hace notoria la importancia de rescatar la función de la religión como vocera de una moral pública saludable que tanto ayudaría al mejoramiento que deseamos en la calidad y transparencia del Estado. (FM)