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Enfrentando la tormenta

Lentamente aprendemos a saborear las tormentas, tanto como los chubascos de la vida, como las peleas, las descalificaciones o los contratiempos. Y ya no pueden inspirar miedo.

Cuando niños, muchos de nosotros, nos aterramos con los truenos, relámpagos y cuando arreciaba la lluvia, de noche.

Entonces, en esos momentos, mama o papa, nos hacían mirar de frente la tormenta y podíamos ver, en todo su esplendor la grandiosidad de un espectáculo maravilloso, de una desatada cólera celeste.

En esos momentos se nos explica el bello mecanismo que pone en movimiento todo ese poder grandioso, toda la magia de la luz, y como podemos, nosotros los hombres, enriquecer nuestras vidas con ese inmenso espectáculo, sin dejar de entender el peligro que encierra.

Lentamente aprendemos a saborear las tormentas, tanto como los chubascos de la vida, como las peleas, las descalificaciones o los contratiempos. Y ya no pueden inspirar miedo.

Durante esta generación de energía nuclear, en que las tormentas que desata el hombre tratan de igualarse con las de la naturaleza ¿qué nos pueden dejar nuestros padres que no sea una fortaleza de vida?.

Es la importancia de estar preparado para vivir entre tormentas.

Existen muchos mitos en el mundo que hace que muchas personas no se comprometan con la aventura de tener un hijo. Y el momento puede ser bueno, con peligros atómicos o no.

Pero para los que no es buen tiempo es para los niños que se críen débiles, años malos para los que lloran por todo o para los que se quejan o se esconden en los roperos. A estas alturas los lugares no son muy seguros. Para los muy débiles la vida era mejor en el pasado. Y existieron tiempos en que una persona se podía pasar la vida completa sin haber experimentado una sola crisis o sin escuchar un disparo hecho con ira. Los chicos de ahora no poseen esa seguridad, ya que la senda va serpenteando entre riscos, afronta alturas pavorosas y en algunas ocasiones se muestra el vacío. El paisaje sobrecoge, y no es un camino para los temerosos.

Hoy el ser padres consiste en dotar al niño de una cariñosa protección y una gran capacidad de esfuerzo, pero en forma muy equilibrada.

Nuestros hijos requieren cariño, pero no el cariño que debilita la confianza en sí mismo. Tiene que sentir el empuje y el pinchazo de la batalla, pero sin hacer que se sienta desconcertado por la inseguridad.

Debemos entregarles el concepto de lo bueno y lo malo, de la satisfacción de obtener algo estimulante por una actividad bien hecha. El gusto por cooperar con su familia y solucionar un problema, lo mismo que ver por su trabajo y respetar el fruto de la actividad ajena. Y también de la felicidad que siente un chico cuando se ve tratado como todo un hombre.

El espino de los altos cerros soporta el fuerte viento y dura muchísimos años, porque sus raíces se entierran bien profundo en la tierra y su tronco es duro y fuerte. La palmera real sigue el sol de la mañana y los vientos del trópico, pero tiene un tronco blando y raíces muy cerca de la superficie y es por esa razón que los huracanes las arranca del suelo.

Los chicos que se acostumbran a las tormentas van a ser recios, y muy dichosos los progenitores de los espinos de los altos cerros.

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