El misterio del tiempo y la odisea del hombre en medio del esplendor y la guerra.
Si el Nilo arrastra por su valle más de cincuenta siglos con sus tribus ancladas en el légamo, ¿quién soy yo para mirar el hondo tiempo, las viejas estepas visitadas por los arios? ¿Qué cortina nos impide descifrar el jeroglífico, el signo cursivo en hieráticas visiones? ¿Qué misterio fecundo encierra la palabra para hacerse semilla, fiesta, ayuno, cámara nupcial o placer de la carne? Libérenla de yugos, doctores de la ley o digan qué directriz nos une a ella. Háganse visibles, espíritus talmúdicos, en aras de la concisión. ¡Yohaná! ¡Yohaná! Hermosa bestia, copula en mi lengua de trapo, dame luz. A efectos de la repetición habrás enseñado el brillo de la espiga. Y que todos se inclinen a tu paso. Porque este es el gran río de la poesía del mundo.
Guarden concilios sueño de Matatías. Versiones avizoradas en epitafios, para él más olvido. Diverso lo tardío, lo etíope, influjos de muladar en párpados atentos. Un hombre de a caballo recorre las arenas. Anda tras la conquista del verbo, acaso bebedizo de eunucos en jardines apócrifos. Lo guía la sinopsis lunar y el polvo luminoso. Debemos vadear el río de árboles abiertos a la migración de reptiles. Aprópiese un coro de ángeles de la escena sobre visiones alucinantes y esperemos, atónitos, la caída de la nube.
Suele el mago sacar de su caudal piedras jerárquicas, estatuillas de adivinos congelados en barro, tarifas anticuadas, monedas de cabezas borradas por la historia. Jamás hallará el elíxir para salvar a su amada de los estragos del mundo. De ahí su aflicción. Para él, cada mañana es amarga como el sueño. Y se sabe inmortal.
Imagina un toro corriendo por el cielo, roturando estrellas a cornadas, bramando sin control. ¿Quién podrá detenerlo? Desciende, hombre rana, a las profundidades del mar. Busca a un dios pez entre las bestias. Háblale del toro encolerizado en las alturas. ¿Podrás salvar nuestro viaje, nuestro derecho a la luz?