Una historia de amor real.
Aquella noche salí a caminar por las calles de pueblo, era una noche muy clara y fresca, llegué a la calle principal, una calle muy larga y ancha de adoquines de colores. Los ventanales asomaban las rejas que les protegían y luces tenues que iluminaban mi camino.
Las estrellas alumbraban con mucha fuerza, parecían iluminar la noche entre todas ellas, hermosas, titilantes y glamorosas. La luna estaba casi escondida, menguante al poniente, detrás de las casas río abajo.
La calle estaba sola, era medianoche, sólo el olor a comida que escapaba de las casas rompía el silencio murmurante de la soledad. Pan caliente aquí, tortillas a mano por acá, chiles tatemados un poco más allá, era una feria de olores que excitaban mi olfato, despertando en mí la ganas de comer algo.
Después de caminar unos metros, llegué a una casa con un amplio corredor, a la orilla había unos panecillos que parecían desear ser comidos, me quedé mirando fijo unos segundos, cuando de pronto una presencia me hizo reaccionar y voltear. Sentí una ola de calor, de emociones y sensaciones juntas. Unos ojos brillantes y hermosos me miraban sonriendo. Impávido los miré, hipnotizado, silenciado. Sentí ganas de quedarme ahí, mirándolos por el resto de mi vida, ojos más lindos había visto jamás. Un segundo que fue una eternidad para mí.
Una voz la llamó casi inmediatamente, sólo sonrió y se fue, dejando en mí un coctel de deseos, de deseo de volverla a ver, de mirar sus ojos, sus labios y su hermosa sonrisa, un enorme deseo de enamorarme perdidamente por ella, de su mirada, de su pelo, de toda ella.
Emprendí entonces el camino de regreso por aquella calle que me llevó a su existencia, no existían olores, ni fresco ni estrellas, ni calle ni ventanas, sólo aquel aroma de panes y tu presencia bella, tu ojos vivos en mi mente perturbada, y luego tú, que ni cuenta te diste del estallido que provocaste en mí. Y luego tú.