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Un regalo real

El regalo perfecto para el rey y la reina.

Los ingleses cuentan esta historia y la califican como totalmente cierta.

Había dos hermanas solteronas que se llamaban Susana y Emilia respectivamente. Vivian muy modestamente en un pueblo vecino a las magnificas tierras del entonces duque de York, quien luego sería el rey Jorge VI. Y cuando este se comprometió, ambas hermanas, en un arrebato de romanticismo tomaron la decisión que era su deber enviar un regalo de bodas. Así es que juntando todos sus ahorros, consistentes en dos libras y un chelín, salieron a la calle en la búsqueda de un presente adecuado para este acontecimiento.

Muchas horas después de estar recorriendo bastantes tiendas sin resultados, y estando a punto de abandonar esta romántica empresa, se fijaron en un escaparate muy polvoriento y diminuto que ofrecía dos piezas de ajedrez como única mercancía, un rey y una reina.

Para las señoritas fue encontrar el regalo perfecto, y más aun, el precio estaba a su alcance: dos libras esterlinas.

Las hermanas estuvieron ocupadas varios días en curiosos experimentos hasta encontrar el mas bello modo de envolver el regalo, que luego enviaron con destino al Palacio en donde lo recibirían los reales novios.

Y allí empezó la espera del mensaje de agradecimiento que, con toda seguridad llegaría en el papel especial de Palacio, muy blanco, terso, maravilloso. Un recuerdo para guardar como un tesoro el resto de la vida. Mas cuando llego el tan esperado mensaje, su contenido fue mejor de lo que ellas hubiesen esperado recibir, era todo un sueño: era ni más ni menos que una invitación a Palacio para que fueran a ver los regalos de boda hechos a la real pareja.

Cuando se dirigían a Londres en un automóvil prestado por un comerciante del pueblo, ambas señoritas se hacían mutuas advertencias acerca de su modesto regalo, que con seguridad estaría muy escondido en algún rinconcito, pero del cual prometían no avergonzarse. Con la fortaleza de tanta conversación tranquilizadora llegaron, por fin a Palacio, y fueron recibidas.

Dominando como pudieron el temblor de sus rodillas comenzaron el recorrido de los muchos salones y pasillos en donde se exhibían los regalos. Mas en todo el recorrido de ese deslumbrante laberinto no pudieron ver las piezas de ajedrez por ellas enviadas. Se sintieron desilusionadas después de terminar el recorrido y emprendieron el camino de salida.

Este pasaba por una lujosa y majestuosa antecámara. Y allí, en un esplendido aislamiento, sobre pedestal de mármol, brillantemente iluminado estaban las dos piezas de ajedrez, y al pie de estas se podía leer, en letras doradas, que gracias a la generosidad de las señoritas Susana y Emilia, por fin habían sido encontradas y devueltas a la casa real estas dos piezas de incalculable valor, que pertenecían al juego de ajedrez del rey Enrique VIII, que de esta manera quedaba completo.

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3 Responses to “Un regalo real”

  1. Luis dice:

    Pensé que había alguna moraleja trascendente. Sinembargo, el futuro rey lo único que atinó a agradecer es el retorno de algo material que su familia había perdido, sin mayor simbolismo. Podría haber tenido un final con alguna lección.
    Está bien escrito, aunque en el segundo párrafo, primera línea, la palabra respectivamente está de sobra.

  2. c.alfaro57@gmail.com dice:

    Escribes muy bien, me gusta tu estilo. Estoy de acuerdo con Luis, si pones una moraleja al final quedaría de chupete.
    Saludos y no deje de escribir. Tu amigo, Carlos

  3. elgato dice:

    QUe historia !
    trataré de recodarla para poderla contar
    al rededor mio, Gracias pour tu Arte.
    Continua !

    Abrazos

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