Encuentro con un desconocido.
Era un día cualquiera en la oficina, estábamos ya a punto de cerrar, los últimos clientes se iban disipando lentamente. Fue entonces cuando lo vi a él. ¿Pero qué hace ese con sombrero? me pregunté; ¿pertenecerá a alguna secta? ¡qué ridículo!
Esa fue mi primera impresión. Cuando llegó su turno me correspondió justo a mí atenderle, así que allí lo tenía, en mi mesa, sentado frente a mí. Alcé la mirada para pedirle su identificación, y sus pupilas, rodeadas de un mar azul, se clavaron en mí. No comprendo mi reacción, pero pude sentir como casi enrojecía. Puede parecer poco profesional, pero es descaradamente guapo, pensé. Mientras rellenaba sus solicitudes, con la mirada fija en los impresos, notaba su mirada recorriéndome, y cuando lo miraba a él para preguntarle algo, corroboraba que me miraba fijamente y con descaro.
Los trámites se alargaron innecesariamente, y cuando extendió su mano para recoger su DNI rozó la mía fugazmente, y sentí como un escalofrío recorría mi espalda. Qué tontería, pensé yo, cómo puede pasarme esto, no es más que uno de tantos clientes que vienen a hacer un trámite…
El salió por la puerta y yo acabé mi turno. Me había casi olvidado de su presencia, pero cual no sería mi sorpresa al ver que me estaba esperando a la salida.
- Hola de nuevo – me dijo – ¿puedo invitarte a comer?
- Claro que sí, con el hambre que tengo a estas horas.
N¡ yo mismo podía dar crédito a las palabras que acababan de salir de mi boca. Acababa de aceptar una invitación para comer de un perfecto desconocido.
La velada transcurrió tranquila, distendida, agradable y no desprovista de cierta carga sexual. Luego nos trasladamos a la cafetería de su hotel (estaba de paso en la ciudad por motivos de trabajo), salimos a la terracita, desierta en ese instante, y se sentó peligrosmente cerca de mí, tanto que podía sentir el calor de su cuerpo. Me rozaba como sin querer constantemente y mi piel se erizaba con su contacto.
Un par de capuccinos más tarde, depositó su mano en mi muslo mientras hablaba de trivialidades en las que a mí me resultaba ya imposible concentrarme. Sólo podía estar pendiente de su mano, que subía lentamente por mi pierna, acercándose a mi ropa interior, pero sin llegar en ningún momento a tocarla. El deseo empezaba a apoderarse de mí, podía notar mi propia humedad, fue en ese instante cuando me besó y yo correspondí a su deseado beso, su mano pasó de mi muslo a mi pecho, acariciándolo sobre la blusa, desabrochó un par de botones y tocó mi pezón mientras sus besos habían llegado ya a mi cuello, yo estaba ya anhelando que me poseyese allí mismo. Ahora sus manos acariciaban mi espalda mientras nuestras lenguas entrelazadas jugueteaban abandonadas a nuestros propios instintos.
Separó su rostro del mío un instante y me invitó a subir a su habitación…