La aceptación de nuestra condición humana, endulzada con poesía y encendida con la alucinación de una embriaguez dionisiaca. ¡Salud!
El tren salió con retraso, casi una hora. Dentro del vagón, Andrea y Paola, su prima, como los otros ocupantes, aguardaron con paciencia los últimos veinte minutos que faltaban para que se pusiera en marcha. Empezaba apenas el verano; ya pasaban de las diecinueve horas aunque los rayos del sol golpeaban todavía a la locomotora. A los muchachos les gustaba el hecho de que la noche cayera hacia las once por que podían andar tranquilos en bicicleta sobre las calles del pueblo de los abuelos de Andrea al borde del Sena, sin tener que usar los ridículos chalecos fosforescentes.
En ese momento, sin embargo, no deseaban más que las tinieblas engulleran el tren para que suprimiera la sensación de ser trocitos de chocolate fundiendo a baño maría en el centro de una cacerola ferroviaria. El sudor ahogaba el bienestar: significaba comezón en el cuello, irritación ocular, hasta rabia. Sobre la puerta corrediza del compartimiento se leía en tres idiomas que la zona se encontraba sometida a climatización-leyenda que por cierto, provocó el disgusto de Paola-.
El aire acondicionado, en efecto, parecía no funcionar y, si bien Andrea bromeó diciendo que al menos la enfermedad del Legionario no los atacaría, Paola sólo esperaba a que entrara el controlador de boletos para arrancarle la cabeza. Abrieron la ventana; desgraciadamente la apertura era demasiado estrecha. Los de arriba se contentaron con asomar los pies mientras que el resto únicamente sentía como el ambiente se descongestionaba lo suficiente para sentir que aún era posible respirar. -¡Maldito calor!- se decía Andrea las numerosas ocasiones en las que debía bajar la escalerilla metálica de manera a hacerse notar y poder escapar del cuarto en medio de sus patéticas y breves frases apologéticas; una vez en el pasillo (igual de caliente) se dirigía de prisa al baño para remojarse la cara.
Cada tanto sacaba de su bolsillo derecho el celular de su abuela – el suyo no servía en Europa ya que el modelo no se prestaba a servicio de roamming internacional-. A primera vista se podía creer que el móvil en forma de concha tenía pantalla externa también, pero era una ilusión causada por una franja negra y vidriosa que rayaba la parte de arriba del molusco. La verdadera pantalla se escondía entre las fauces de la bonita carcasa tecnológica que al abrirse producían un ruido a puerta mal aceitada. El interés por el aparato no era la comunicación, ni mucho menos los juegos (el menos anticuado era el tetris y por si fuera poco, nunca lograba un score decente), no; el interés radicaba en la inscripción de la pantalla líquida que indicaba el nombre del lugar por donde iban pasando. Una cualidad cruel que alimentaba su esperanza de ver llegar la develación del sustantivo “París” en caracteres fucsia, sin suerte. Hacía ya más fresco después de su última visita al baño y sus molestias se abolieron en sueño profundo.
Este tambien me gusto mucho jeje
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