Ven, baila conmigo. Ven, baila para mí.
Ella caminó hacia la puerta.
-Vamos – me dijo. Yo sonreí. No dije nada.
Le abrí la puerta del auto y me sentí un poco idiota yendo a la otra, la del copiloto. Me senté, me puse el cinturón de seguridad. Ella manejaba el auto, ella manejaba la música. Estaba lloviendo más de lo acostumbrado y la luna parecía caerse. Yo no podía disfrutarlo más.
Bajamos y corrimos hacia la puerta. Nos mojamos un poco por la lluvia. Cuando entramos supe en ese instante que la noche era nuestra. Nos sentamos en la primera mesa que vimos. Dejé el saco en una silla.
-¿Quieres un trago? – le pregunté
-Si, una cerveza, por favor.
Fui a la barra. Pedí dos cervezas y un cuba libre. Miré hacia arriba, respiré profundo, sonreí. El mundo era mío. Me tomé una de las cervezas de un solo trago. Esa no era mi música, pero era nuestra noche. Fui a la mesa, le di un beso en el cuello y me senté a su lado. Dejé la cerveza en la mesa y ella tomó un pequeño sorbo. Yo, como es costumbre, olfateé mi trago. Como si pudiese distinguir algo. La abracé por la cintura, recosté mi cabeza sobre sus delgadas piernas. Olía mejor que cualquier cuba libre que yo hubiese probado. La miré de reojo, le di un pequeño beso en el vientre.
-Vamos, quiero bailar contigo.
-Tú no bailas – me dijo.
-Ni Cuba es libre- le dije, señalando mi vaso – Vamos.
Se paró de su silla, estaba feliz. Yo quería bailar para ella. La canción era lenta, no muy dífícil de seguir. Yo la abracé, me acerqué tanto como pude y recosté mi mentón en su hombro. La tomé por las caderas, fuerte.
-Eres mía – La miré a los ojos - ¿Sabes que te amo, no?
-Claro que sí, muchísimo.
Intenté concentrarme en seguir el ritmo, en no perderme en su mirada. Qué excitante que estaba. Agarró mi corbata, me acercó a ella, sonriendo.
-Eres mío – me hizo sonreir.
Me relajé, dejé de preocuparme por el baile. La abracé fuerte y la cargué. Empecé a bailar solo, con ella en mis brazos. Ella se reía. Duró unos segundos. La llevé a la mesa, ella se sentó. Yo, con las manos en los bolsillos solo quería mirarla.
No hay nada mejor – pensaba. Era ya tarde, como mediodía, y podía sentir su cuerpo casi completamente desnudo a mi lado. Ella estaba sonriéndome, mirándome. Nos abrazamos y no dijimos nada. Besé su frente y ella se pegó a mi.
-Hoy me toca bailar a mí – me dijo.
-¿Y qué vas a bailar?
-¿Y para qué preguntas? – me dijo – ¿Sabes que te amo, no?
-Claro que sí, muchísimo.