Las materias inconclusas o munca rendidas esperan su momento para pasarnos la factura.
Su esposo había sido un buen hombre de precaria salud, que nunca consiguió llevar su erotismo a esas alturas.
El desvergonzado de Antonio había abierto ese resquicio del pasado con su manera provocativa de actuar, removiéndole los recuerdos y el deseo.
Durante el baile Antonio le insinuó repetidamente propuestas de un encuentro subrepticio en recónditos lugares del geriátrico; propuestas que Ester rechazaba con firmeza al principio, con sonrisas más tarde; con picardía en los ojos finalmente.. En uno de los movimientos del baile, sus caras quedaron próximas; con un giro casi imperceptible, él apoyó sus labios en los de ella.
Finalizado el baile y apaciguada la fiesta, Ester regresó a la habitación que compartía con su amiga. Dos camitas desvencijadas, con respaldar de caños de hierro pintado de marrón. Un armario transformado en ropero, también marrón, cuya puerta había que levantar para poder cerrarla; una mesita de luz compartida adornada con una carpeta de hilo. Sobre ella, una pequeña imagen de la Virgen de Lujan y una estampita de San Expedito, además de algunas monedas, una tarjeta de teléfono y un llavero. En el suelo, entre las dos camas, algo que debería ser una alfombra, pero que no es más que un trozo de frazada para no pisar el suelo descalzas. En el aire el típico olor a humedad de las casas viejas y el típico olor a viejo de los geriátricos, apenas disimulados por el perfume que Ester se había echado encima. Revivía en su mente los últimos momentos y los lejanos recuerdos de aquel fuego inextinguido.
Conversaba con su amiga, que la animaba:
-¡Hoy es tu día! ¿ qué podrías perder?
No necesitó más que ese empujón. Se levantó y descalza, aún vestida de reina, salió con temor de la habitación.
En el pasillo iluminado por una débil luz para la noche, estaba Antonio esperándola, insolente, seguro a pesar de no haber recibido ninguna señal.
Recorrieron juntos el pasillo con paso sigiloso, tratando de evitar que el viejo piso de madera hiciera ruido. Pasaron velozmente delante de una de las puertas que estaba entreabierta.
Al finalizar el pasillo, el lavadero era un lugar seguramente vacío durante la noche. Abrieron con cautela e ingresaron.
El beso y el abrazo surgieron espontáneos, ardientes, desesperados, en una fusión casi total de los cuerpos.
Ella temblando de miedo, de ansiedad, pero impelida por sus anhelos. Él dulce, seguro, experimentado.
Voló el vestido de noche.
La pila de ropa dispuesta para el planchado se ofreció como mullido tálamo.
El vértigo y el desorden de la lujuria los envolvió.
Ester sintió que descendía hasta las más oscuras profundidades del deseo y subía hasta la gloria en el grado más alto de la excitación.
Amanecido el día, Ester estaba conciente – lo sabía a priori – que para el asesino Antonio ella se había convertido simplemente en una muesca más en la empuñadura de su revolver.
Para ella fue una intensa y deseada noche que le trajo la serenidad de haber superado su materia pendiente y que a partir de ahora, se transformaría en su más recordada historia de amor.
Muy buen trabajo. Me gustó mucho. Otro aplauso aquí.
que vieja atorranta! jaja! Pero el cuento esta bueno… como si supieras, che! (Entre nosotros, hablando en serio, supongo que alguna vez te sentiste orgulloso de mi. Bueno, esta es una razón más para seguir orgulloso de mi padre..Un abrazo, viejo!)