Las materias inconclusas o munca rendidas esperan su momento para pasarnos la factura.
Ester estaba radiante. A sus setenta años había sido elegida reina de la primavera en el geriátrico. Lucía elegante y primorosa, enfundada en su único vestido de noche estrenado treinta años antes, que apenas si debió ensanchar un poco en las caderas. Su amiga la había maquillado como para enamorar a cualquiera, según le dijo.
Estaban sentadas en la sala-comedor, acondicionada para la circunstancia.
Entre todos habían quitado la larga mesa y colocado sillas contra las paredes para dejar en el centro la improvisada pista de baile. Cubrieron los sectores donde la pintura comenzaba a descascararse, utilizando ingenio, globos y guirnaldas de colores. En algunas mesas pequeñas dejaron gaseosas, galletitas y tortas preparadas por las habilidosas ancianas. No se sabe de donde aparecieron dos altoparlantes que acoplaron al equipo con el que habitualmente escuchaban música. Hasta consiguieron una de esas esferas con espejitos que giran reflejando luces profusas de distintos colores.
Ester se casó muy joven y aún no sabe si enamorada o por escapar del despotismo de su padre. Su segundo novio fue su esposo y al padre de su hijo. Es viuda desde hace tiempo.
Se internó sola en el geriátrico porque no se llevaba bien con su nuera y porque no quería amargarle la vida a su hijo, ese pollerudo que se deja manejar por la mujer. Alquiló su casita de Mataderos y con eso y la pensión está en condiciones de vivir y pagar el geriátrico.
Mientras conversaba con su amiga estaba atenta a la puerta – alta con banderola como en toda casa vieja, pintada de un horrible verde oscuro - del pasillo de las habitaciones de los hombres. En realidad esperaba ansiosa que Antonio concurriera al baile. Finalmente apareció.
El hombre que también tenía setenta años era un mujeriego que a los veinte se escapó de su pueblo dejando embarazada a una niña de quince. Era soltero, elegante y simpático. Pero no era su simpatía lo que atraía a Ester.
Antonio le recordaba mucho a su primer novio, aquel desfachatado manolarga, que tenía la idea fija. El que la llevó al estímulo subliminal de las ardientes caricias. El que casi estuvo a punto de … y desapareció cuando no pudo conseguir lo que quería. Pero ella seguía recordando esos momentos como algo inconcluso que quedó pendiente en su vida.
Muy buen trabajo. Me gustó mucho. Otro aplauso aquí.
que vieja atorranta! jaja! Pero el cuento esta bueno… como si supieras, che! (Entre nosotros, hablando en serio, supongo que alguna vez te sentiste orgulloso de mi. Bueno, esta es una razón más para seguir orgulloso de mi padre..Un abrazo, viejo!)