Algún tiempo después supimos que todas esas atenciones, demostraciones de tanta amistad y cariñoso recibimiento no habían sido por casualidad.
Hace unos días, en el transcurso de un corto viaje a la costa, una anciana, que fue mi compañera de viaje, me relato esta bella historia.
En una oportunidad, en que nos habíamos mudado a nuestra casa nueva, precisamente adonde vamos ahora, muy cerca de la playa, tocaron a la puerta. Cuando fui a abrir me encontré con una señora que me regalo con una gran sonrisa un “buenos días”. Tenía en las manos una bandejita con un termo y vasitos de café más algunos pancitos dulces. La invite a entrar y me dijo que era mi vecina que vivía enfrente. Tomábamos café muy amigablemente cuando comenzó a contarme sobre el pequeño pueblo, quienes serian mis otros vecinos y cuales eran sus nombres, condimentando todo con simpáticos detalles. Me contó adonde iban a trabajar los hombres del vecindario y cuales eran sus ocupaciones. Luego invito a mis chiquitines para que fueran durante el día o la tarde a que jugaran con los suyos.
Después que se hubiera ido tuve esa especial sensación que deja una desinteresada muestra de afecto.
Durante toda esa jornada estuve pensando en la grata visita que me hiciera esa vecina.
Por la tarde, ella misma me trajo a los niños, y cuando se hubo marchado sonó el teléfono. Me llamaba otra vecina, quien me dijo que vivía a una cuadra de distancia, en la primera puerta. Me dijo que se había enterado que me había mudado esta mañana, y que sabia lo tremendo que es tener que desempacar todas las cosas, que estaría tan ocupada que no me quedaría tiempo para nada, incluso que hasta me vería atrasada en la comida. Pero me dijo que no me preocupara, que ella tenia allí mismo un sabroso guiso listo y que fuera con toda la familia en cuanto nos diera hambre.
Al otro día, una nueva vecina apareció en mi puerta y se puso a contarme un sinfín de datos útiles del pueblo, y me enumero los mejores negocios en donde vendían mercaderías, las mejores carnicerías y en donde había un buen servicio de lavado de ropa. También se ofreció para acompañarme a mi primera salida de compras para presentarme a los dueños. Y cuando se fue me entrego una listita de tiendas, dentistas, médicos y cuidadoras de niños para la emergencia.
Algún tiempo después supimos que todas esas atenciones, demostraciones de tanta amistad y cariñoso recibimiento no habían sido por casualidad.
Todos los vecinos, con la bella convicción de mantener los antiguos principios de la hospitalidad, se habían puesto de acuerdo, desde hacia ya un buen tiempo, para demostrar con esos sencillos presentes, la prestación de utilísimos servicios a los recién llegados.
Después, cuando ya nos aclimatamos al amoroso funcionamiento, y nos hicimos parte de esos maravillosos vecinos vimos llegar nuestro turno de brindar a otra familia la misma sorpresa grata con que nos regalaron a nosotros.
A los pocos momentos llegamos a nuestro destino. Ayudé a mi compañera de viaje a bajar del bus y le agradecí por el buen momento pasado a su lado y la inmensa lección de generosidad trasmitida por ella.
Tal vez, sea esta una buena oportunidad para intentar nuevamente conocernos entre los que estamos cerca.
Muy bonito cuento y bellisima leccion de solidaridad. que todos fuesemos asì, el mundo seria un hermoso paraiso.