Qué ignorante es la especie humana, incapaz de creer en lo que no puede explicar racionalmente: vampiros, brujas, hombres lobo, zombis…
Leyendas para la gente corriente, cuentos para asustar a los niños según otros, pero algunos de nosotros hemos visto la luz, una luz del color de la sangre manchada con el derramamiento de la misma por las incontables víctimas de estos monstruos a través de los siglos. Os aseguro que ésta no es una historia para meteros el miedo en vuestras ignorantes cabezas sino una historia verdadera sobre las consecuencias de jugar con lo desconocido, de jugar y arriesgarse a perder; una historia sobre una lucha secreta, la lucha por vencer a la oscuridad y la supervivencia de la ignorante especie humana…
La música retumbaba en mis oídos mientras bailaba en el salón de mi casa con mis compañeros de clase. Este año mis padres me habían permitido celebrar sin ellos mi cumpleaños en su casa de La Coruña. Este año había invitado sólo cinco amigos y siete amigas. Estos amigos eran Cristian Villaverde, o “Villa” como lo solía llamar, la persona de mayor confianza que conozco; Hugo, el surfero y el cerebro del grupo; Antón, la inocencia en persona; Cristian Rego, aunque lo llamemos “Rego” para diferenciarlo de Villa; y por ultimo Rubén, si Antón es la personificación de la inocencia Rubén es la personificación de la amistad. Por el otro lado tenemos a Laura, Ana, Lucía y María -compañeras de clase muy simpáticas y divertidas-, a Sara, la novia del que tengo por poco menos que mi hermano, a Paula una amiga de Antón y Lorena, mi novia.
Ese día todos estábamos muy contentos disfrutando de la fiesta cuando sonó el timbre y fui a abrir la puerta preguntándome quién podía ser a aquellas horas de la noche.
Inmediatamente, Lorena bajó al portal preguntándose quién podía ser el que le enviaba aquel paquete y qué sería lo que contendría el mismo.
Mientras Lorena bajaba a por el paquete, el resto seguimos divirtiéndonos y nos asustamos al ver la palidez de Lorena al subir de regreso. Rápidamente la ayudamos a sentarse en un sofá mientras recogía el paquete que había dejado caer; poco me faltó a mí para imitarla al leer el nombre del remitente: Borja Martínez Pérez. Una sombra oscura cubrió la que hacía unos minutos había sido una fiesta. Todos recordaban el último día que Borja había estado con ellos, el día en que Lorena lo había dejado porque le asustaban los siniestros experimentos de magia negra con los que Borja se divertía, el mismo día que juró que se vengaría de todos y que no descansaría hasta que todos nos arrepentiésemos de lo que le habíamos hecho.