Locura y memoria… Espero lo entiendan.
Hacía frío, y Sara aún sudaba. No sentía ya sus manos, y sus pies decían “Ya no más”. Pero había que seguir, seguir hasta llegar a la cumbre.
No era la cumbre de una montaña, sino mas bien de una utopía. Un antojo de esos que dan cuando uno quiere trepar sin rumbo por las sendas de la vida. Y Sara lo sabía bien, si.
“¿Dónde estará Mamá?”, se preguntó. La oscuridad reinaba.
De pronto, justo cuando menos se lo esperaba… ¡Una cueva! Pero no una hecha sobre la piedra, sino una parecida a las cuevas de la memoria, aquellas donde no puede entrar nadie sin haber salido antes… “Es raro” pensó Sara. Y estaba en lo cierto. ¡Nadie encuentra cuevas en una utopía! Mucho menos, en una como ésta. Tan lejana, tan vacía. O por qué no, tan alta.
Ya faltaba poco. Algo así como unas 6 tormentas mas. Porque en la vida de Sara, todo era una tormenta. A veces, con nieve. A veces, con sol. Pero… tormentas.
En la cueva, Sara encontró un letrero que decía: “Tu aún no sales de aquí, debes seguir subiendo y al final, encontrarás la salida a esta cueva”. Y Sara no podía entenderlo por más esfuerzo que su alma hacía. Y sus manos estaban frías.
Mientras más fuerza hacía para seguir subiendo, la gravedad avanzaba más y más sobre sus brazos, que ya estaban tan macerados por el acero y el cuero que ni siquiera transmitían el dolor a su mente. Si intentaba moverse a un costado, estaba ese viento duro, seco, que la volteaba una y otra vez como una veleta incansable.
¡Y pensar que Sara llevaba ya 50 años trepando! Casi desde su nacimiento, si es que alguna vez nació. Ya nada importaba de todas formas, Sara sentía que su única salida era la cima. “¡Claro! Lo decía en la cueva… debo seguir subiendo para encontrar la salida” se dijo a si misma, como convencida de su sabiduría misma. Y los rayos golpeaban su pecho. Su cabeza también, o por lo menos, así fue hasta la semana pasada. Esos malditos rayos no dejaban en paz a Sara…
Pero Sara recordaba a tantos otros, que le prometieron subir y lo lograron. A Manuel y Marcos. A Clara y Marta. Ellos estarían esperándola. O por lo menos, así dijeron aquella vez que comieron los frutos por última vez.
Al final, más arriba, parecía haber una especie de árbol. O un arbusto quizás. Eso indicaba que su carrera había terminado, y ya aquellos brazos no serían cortados por el acero ni lacerados por el cuero. Y ya los electrochoques no hacían daño. El viento se había retirado a su despacho, y hasta el mismísimo frío comenzaba a ceder. El sudor, sin embargo, seguía firme. Perpétuo. Como su dolor…
Esa cumbre, era por fin, la salida que había estado buscando. La salida a su cueva. La salida a su penosa locura.