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Responsabilidad cívica

Un asesino en serie.

Se creía un ser superior al resto. Aborrecía al ser humano en su conjunto. Aun a pesar de haber recibido la educación adecuada por parte de sus padres, exitoso en los estudios universitarios donde se había graduado brillantemente en Derecho, de resultar extremadamente atractivo a las mujeres y de vestir elegantemente como un dandy inglés, parte de su mente había desarrollado una habilidad fría e insensible propio de todo asesino en serie que se precie de serlo.

En su doble vida, la normalidad realizaba una transición trágica hacia la monstruosidad de la barbarie sanguinaria. Llevaba cerca de año y medio sembrando el horror y el espanto entre la ciudadanía, creando una psicosis de inseguridad nocturna en cada rincón habitado de la gran ciudad donde residía y ejecutaba sus fechorías criminales.

La cifra llegó a estabilizarse en veintitrés víctimas, todas ellas féminas, mancilladas y ejecutadas de la peor manera posible, erradicando matrimonios y noviazgos.

Víctimas que se libraron de su sinrazón, que él supiese, sólo algunas pocas y al principio por su nula experiencia en el arte de ejercer como subordinado de la Muerte.

Testigos presenciales, esperaba que ninguno.

Si no a éstas alturas estaría detenido…

Pero…

A pesar de detestar a sus congéneres, él mismo era humano, con sus virtudes, sus defectos y sus enfermedades.

No esperaba sufrir daño físico alguno.

A veces en su ego fantaseaba con la inmortalidad de sus actos.

Así que esa mañana en que acudía bien trajeado a su trabajo en el gabinete de abogacía de los hermanos Wilson, el amago de ataque al corazón le hizo de perder la verticalidad y caer desplomado justo en medio del paso de peatones de la avenida más concurrida de tráfico a falta de diez segundos del cambio del color del semáforo del rojo al verde.

Con la mano situada encima del corazón y con el pulso extremadamente débil, vio aproximarse un autobús de línea urbana. En ningún momento pensó que iba a precipitarse hacia delante llevado por la orden de la luz del tráfico. Era responsabilidad cívica hacerlo, y a ser posible, atenderle hasta que llegara la ambulancia.

Pero dio la casualidad que el chófer de aquel autobús era una mujer. Y encima una de sus primeras víctimas, unas de las escasas que resultaron indemnes de sus feroces ataques.

La conductora lo reconoció de inmediato.

Los recuerdos de aquella lejana pesadilla se agolparon repentinamente en la retina de sus bonitos ojos verdes.

Sus manos se aferraron con más firmeza al volante, y para espanto de la totalidad de los pasajeros, apretó con fuerza el pedal del acelerador, haciendo pasar el chasis con sus seis ruedas por encima del cuerpo tendido del asesino en serie.

Cuando menos lo hubiera podido vaticinar, su carrera de psicópata había llegado a su fin…

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