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Primer amor

Amores de la infancia, mejillas coloradas, recuerdos celestes.

Frustrado, emprendí el largo camino de regreso a casa. Rengueando, con la rodilla izquierda lastimada.

Al llegar en ese estado, entre risas y curiosidad mi hermano Raúl me preguntó con su acostumbrada ironía:

-¿Compró tierra el “gurí”?- y no pudo sostener la burlona carcajada.

Mi madre, como si adivinara que no contaría la verdad, sólo me dijo:

-Ya anduviste corriendo… A ver… ¿qué te hiciste?

Sus palabras dulces eran más curativas que cualquier remedio. Ningún doctor podría dar esa receta magistral que sólo las madres saben dar. ¡Cómo extraño aquella mirada comprensiva y esas palabras medicinales que de nadie más escuché!

Viendo de reojo a Raúl, me fui a la cama dolorido, pero más que nada preocupado.

Esa misma noche soñé con Zulma. Me desperté creyendo que estábamos juntos en el mismo banco de la escuela y ella me miraba a los ojos con su rostro angelical sin decir una sola palabra, esbozando una sonrisa mezcla de inocencia y misterio.

No pegué un ojo hasta la hora de ir al colegio.

Al dirigirme iba pensando mil cosas, decirle todo lo que sentía, invitarla a que nos sentáramos juntos en el mismo banco, tal como lo había soñado. Pero al llegar a la escuela ella ni siquiera me miró esa mañana. Parecía incluso que me esquivaba. Se me vino el mundo abajo. Quedé como atontado.

-¡Eh, ché! ¿Qué te pasa?- preguntó Carmelo, dándome una palmada en la espalda, que me devolvió al planeta tierra.

-Nada- le respondí -ayer me pegué un golpe en la vereda.

-Sos pavo, ¿eh!- dijo Carmelo y se fue a formar fila despreocupado.

El asunto que me acongojaba estaba entendido. Lo que yo sentía se llamaba “Amor”. Eran cosas de chicos, pero era Amor, estaba enamorado de esa niña hermosa. Cada vez que se me acercaba el corazón parecía salirse de mi pecho. Yo quedaba mudo, tonto, sin palabras.

Éste es el comienzo, en cuarto grado, de aquel primer amor de mi infancia. Verán más adelante las cosas que inventaba para acercarme a ella, para escuchar sus palabras.

Amor de Los Cardales

Curiosamente fue el único que tuve en mi pueblo natal, y quizás ésa sea la razón por la cual nunca me olvidé de aquellas desventuras mías.

Fue la primera vez que mi corazón temblaba y de noche me dormía tan sólo para soñarla. Y pensaba: “¡Ah!, si supiera cuántas cosas lindas podría decirle…”.

Es más, ella inspiró mis primeros poemas, versos infantiles que se llevó el tiempo y quedaron en los caminos, y los habrá desparramado el viento barriletero del otoño.

Le hice tantas poesías y ella… ella no leyó ninguna. Tal vez hoy, a tantos años, con las vidas hechas, con los corazones sellados, pueda ver estos recuerdos nostálgicos y sonreír enterándose de aquel amor oculto que ni siquiera imaginó.

Amor oculto y frustrado de aquella infancia eterna bajo el cielo azul cristalino de Los Cardales.

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