Amores de la infancia, mejillas coloradas, recuerdos celestes.
Puedo retroceder en el tiempo y verme en el cuarto grado de la primaria.
Tenía en ese entonces diez años y sentía dentro de mí cosas extrañas que me obligaban a pensar poco en las materias de estudio. Divagaba con la mente, estaba distraído en clase y fuera de ella.
Todo esto me tenía preocupado y… ni hablarlo con mis padres. El problema debía resolverlo solo.
No sé bien cómo explicarlo, pero les cuento.
Un día caminaba por la calle de la escuela y alcancé a ver que por la otra esquina pasaba ella. Entonces retrocedí y a la carrera intenté dar toda la vuelta manzana para cruzarme con Zulma, mi compañera de clase. No sabía en ese momento por qué razón necesitaba hablarle, ver su sonrisa, sus ojos encendidos. Quería escuchar mi nombre en su voz. Ella era para muchos de nosotros la niña más bonita de la clase. Los varones hablábamos de la belleza de Zulma constantemente. Era nieta de Don Salaberri, el comisario del pueblo, hombre muy amigo de mi padre.
El caso fue que, pensando qué le iba a decir o cómo llamaría su atención, no me di cuenta que cada vez corría con más rapidez, apenas pude esquivar una vecina que en ese momento sacaba la basura afuera. A la velocidad que iba seguro nos cruzaríamos a la mitad de la cuadra, pensé entusiasmado… pero sucedió lo inesperado.
Por descuido me llevé por delante un perro que descansaba, despreocupado, recostado a lo largo de la vereda bajo la sombra de un paraíso. Volé y rodé unos metros al mejor estilo de los futbolistas y quedé tendido. Entre el golpe y la confusión pude apenas levantarme y sacudir el vaquero y la remera amarilla que llevaba puesto. Permanecí parado unos instantes, con los brazos abiertos y temblorosos observando mi impresentable apariencia, sucio con el barro que se hace cuando las vecinas riegan las veredas…
¿Y Zulma? Ella, por suerte o por desgracia, pasó por la vereda de enfrente sin siquiera darse cuenta de todo lo que me había sucedido.