Sentir el calor de una madre.
Un viejo latón de basura es mi restaurante preferido. Todas las tardes camino hacia él con la esperanza de que la mujer de las resplandecientes joyas haya dejado una pequeña sobra. A Aída la vida no le dio hijos; yo, en cambio, nunca conocí a mi madre. Como toda niña tengo sueños, ahora se reducen a una cama en un burdel, pero algún día serán más grandes.
Sólo cuento con doce años, y para ellos ya soy una mujer desde tres años atrás. Siento que pudiera ser más bonita, pero mi juventud se ha tronchado por completo. Me viene a la mente la primera vez que me obligaron a estar a solas con un hombre en la habitación. Fue terrible, besos vanos y bruscos, y como niña infantil no sabía qué buscaba, no sabía cuál era su propósito. Lloré, lloré y mis gemidos llegaron al mismísimo infierno ahogándose en lo profundo de la habitación, y me convertí en mujer antes de ser niña.
Ya el sol se ha puesto y el latón está lleno, parece que Aída está de humor. Me mira y sonríe, sentí que no era invisible, por primera vez en la vida comprobé que estaba viva. Aída me extiende una mano. Sonrió de miedo y de confusión, no podía imaginarme lo que estaba ocurriendo, mis ojos se perdían en su rostro, tratando de descifrar cada uno de sus gestos.
Mi cuerpo estaba totalmente helado, ya que los pocos harapos que me cubrían no hacían muy bien su función, pero mis mejillas se colorearon en un tono rosa y parecía que mi pecho era demasiado pequeño para mi agitado corazón. Parece que esta noche no volveré a vivir esa terrible odisea, ni esta noche, ni ninguna otra. Sabía que algún día se harían realidad mis sueños, por primera vez en mi vida, sentiré el calor de una madre.