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Pesadilla de muerte

Un intenso thriller enfrentando a la muerte.

¿Qué tal si me paraba en ese tramo, olvidado de Dios y caía víctima de una visión de un muerto?

Continué el camino, tratando de un volver la vista ni una vez. Para cuando el Departamento de la Policía Rural, es decir mi oficina, estuvo a la vista, me volví sin atreverme a mirar el retrovisor…¡No había nadie!

Detuve la camioneta y bajé. Las portezuelas de atrás tenían puestos los seguros… ¿Qué había pasado?

No lo sabía.

Por la noche, llegué a casa algo cansado: Había sido necesario convencer a Tex de que todo se trataba de una broma, aunque su risa no me dijo nada. Sonaba hueca e incrédula. Abrí la puerta con la llave, pues seguramente Tany dormía.

Por eso, la luz de la lámpara de la sala me alarmó.

¿Habría pasado algo? Saqué mi pistolita y sin decir “Agua va”, entré de un tirón.

Sobre el sofá, Tany yacía con las piernas abiertas, manchadas de sangre y una nota escrita con ella que decía sólo RETRIBUCIÓN. Los niños estaban bien, pero no supe explicarles que pasaba.

Volví al rancho muy de noche. El cuerpo seguía allí. Me acerqué. Estaba boca abajo. Lo volví boca arriba, y la mirada fija de Tex me reveló una expresión de terror infinito.

Desesperado, abordé mi vehículo y salí de allí a toda prisa. ¡Los niños estaban solos!.

Cuando llegué a casa los encontré llorando con cara de espanto.

“El mostro vino, papá”, me dijo Laidita. Afortunadamente, el cadáver de su madre descansaba en el garage, mientras llegaba el forense.

“¿Monstruo? ¿Cómo era?”

No supo decir nada y su hermanito le hizo segunda.

Entonces, cruzando la ventana, el muerto se precipitó sobre mí con una furia maníaca en su rostro…

Desperté, bañado en sudor.

A mi lado, la respiración de Tany era la normal para quienes duermen.

Me levanté y fui al cuarto de los niños. Ambos dormían placidamente.

Estaba amaneciendo.

Sonó el teléfono.

Con los nervios crispados, levanté el auricular. La voz de Tex sonaba preocupada.

“¿Te desperté? Disculpa pero de nuevo los chicos Pendam están robando en el rancho de los Doler… ¿Vas allá?”

“Ahora mismo”, dije.

Cargué mi escopeta y, sacudiendo de mi mente la pesadilla, salí al aire cálido de esa mañana.

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