Un intenso thriller enfrentando a la muerte.
Me parapeté en el promontorio de rocas cerca de la salida del rancho. Cargué la Winchester 12 y esperé a que ellos se descubrieran.
Uno estaba cerca, como a 15 metros, con una expresión de miedo en su semiescondida cara. El otro, más lejos, a cosa de 30 metros, se veía más tranquilo.
Caía la tarde y un viento de lluvia la anunciaba. Deseé que esto terminara de una vez para poder irme a casa, tomar un chocolate caliente- batido acompañado de un sándwich de queso doble crema. Pero la necesidad de hacer cumplir la ley en esos poblados me absorbía.
Oí como el de más lejos se arrastraba como víbora e imaginé a su compañero cubriéndolo. Así pues, saqué de mi tobillo la pequeña 22 e hice 3 tiros al aire y acto seguido me paré un momento, fijé la lista y accioné el gatillo de la Winchester, la cual vomitó fuego. La víbora se retorció adolorida. Mi primer enemigo estaba muerto. El otro, alzó los brazos, aterrado, rindiéndose. No tendría más de quince años, al igual que su compañero, eran cuatreros.
Ya en la Wagoner, las gotas gruesas de lluvia, cayeron con fuerza. Se desprendió un olor a tierra mojada que me inyectó una súbita paz, a pesar del muerto.
“Sube”, le ordené al jovencito, todavía apuntándole, aunque en su cara el miedo le dibujaba angustias. Lo esposé con las manos en la espalda y me subí adelante.
Un aguacero implacable se batió indolente sobre la calurosa tierra y, mientras avanzaba a buen paso en la terracería, pensé en el pobre muerto.
No podía dejarlo allí, a la carroña. Tomé mi radio transmisor y llamé a Tex, mi ayudante. El se encargaría de atender la diligencia.
Cuando entramos en la carretera pavimentada, un extraño cambio se presento. Por el retrovisor observé al detenido y, junto a este, al muerto, que con el pecho bañado en sangre intentaba hablar. ¡No podía ser! Intenté detener la marcha, pero el miedo me atenazó…