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Miedo verdadero

Ninguna inquietud desvelaba sus sueños en los últimos tiempos…

En poco más de media hora la estancia estaba sumida en un frío aterrador. Y su cuerpo desgarbado y con ligero sobrepeso terminó por quedarse rígido, como si tuviera una especie de experiencia fuera del mismo, del estilo de los viajes astrales. Entonces notó que su pie derecho quedaba libre fuera de las sábanas, colgando sobre el borde del colchón. Quiso recuperar la sensibilidad de su anatomía, pero no había forma de poder movilizar los miembros. Estaba completamente inmóvil. Su respiración se aceleró. Sus labios se separaron para expresar alguna palabra en voz alta que ejerciera de conjuro para anular su inmovilidad. Justo antes de que lo hiciese, percibió como algo le aferraba el pie por el tobillo, y con una brutalidad sobrehumana tironeó de él hasta introducirlo debajo de su cama.

Entonces…

- ¡No! ¿Quién eres? ¿Qué eres? – chilló en agonía, sintiendo el congelado suelo sobre su pecho, pues estaba tumbado boca abajo.

Quien estuviera encima de su espalda le hizo de comprimirse más contra las losas.

- ¿Que quién soy? – le llegó una voz dentro de su propia mente. – Soy tu Señor.  Habito en vosotros. Soy…

Connor estaba acurrucado en posición fetal encima de las sábanas revueltas de su cama. Eran las tres de la tarde. La persiana continuaba echada. Afuera lucía un sol esplendoroso. En el interior de su habitación, luchaba, confrontaba sus creencias básicas contra la cosa que le consumía dentro de su intelecto.

Sus ojos estaban en blanco. Hilillos de saliva blanquecina colgaban de las comisuras de sus labios. Tenía la camiseta desgarrada, con el pecho al descubierto y maltratado por incontables arañazos.

Dentro de la habitación continuaba haciendo un frío antinatural.

Igualmente otro tanto en el interior de su alma.

Musitaba palabras extrañas.

Blasfemaba.

Aunque en su comportamiento ya no era él mismo, pues aquella entidad le dominaba por completo, una pequeña porción que le quedaba de raciocinio clamaba por el fin de aquella posesión.

Lo peor es que vivía solo.

Nadie podría reclamar la liberación de su alma.

Las sombras se perpetuaron en aquel cuarto.

Y mientras padecía los tormentos, el diablo le hablaba dentro de su cabeza.

Y se reía y se mofaba.

- Ahora sí que tienes miedo, verdad – le dijo en más de una ocasión.

A Connor no le quedaba más remedio que reconocerlo.

Estaba consumido por el terror.

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