Ninguna inquietud desvelaba sus sueños en los últimos tiempos…
Connor no era un niño, sino un adulto de edad mediana. Tenía cuarenta y dos años. Hasta aquella noche en el dormitorio de su piso solitario de soltero empedernido, nunca recordaba haber tenido el más ligero retazo de recuerdo de algún tipo de trauma infantil. Sus padres siempre se comportaron bien en su infancia, y en la escuela había sido uno de los críos más populares. A la hora de dormir nunca había tenido pesadillas de consideración, y sus miedos infantiles se remetían a las imágenes contempladas con anterioridad de alguna película de terror, relato o vídeo visto a escondidas cuando estaba algún rato a solas en su antigua casa familiar. Superado ese período de su fase de aprendizaje de la vida mundana, lo que menos podía esperarse es que algo fuera a intimidarle en la fecha actual.
Un hombre talludito, maduro, que se reía de casi todo lo terrorífico que le pudieran echar por Internet y la televisión por cable, estaba ahora marcadamente aterrado, paralizado entre las sábanas de su cama. El cuarto estaba perfectamente a oscuras, con las tablillas de la persiana encajadas sin permitir que se filtrara hacia el interior de la habitación ningún atisbo de luz procedente del exterior nocturno, tanto del alumbrado público como del transcurrir del tráfico o el halo pálido y débil de la luna en fase creciente.
Hacía mucho frío. Temblaba de pies a cabeza. Estaba en pleno mes de julio, y en el exterior la temperatura era de casi treinta grados. Eso era incomprensible, de no ser por lo que había debajo del somier…
El piso era de alquiler y llevaba residiendo en él más de una década. Nunca había acontecido nada relevante o perturbador en su interior. Y de hecho siempre había conciliado el sueño con relativa facilidad. Pero esta noche era distinta al resto de sus noches precedentes. A la una de la madrugada continuaba sin poder pegar ojo. Se removía inquieto sobre el colchón. Estaba vestido con un boxer y una camiseta de tirantes de algodón. Era una vestimenta de lo más elemental para el calor que hacía. A partir de las dos su situación de triste insomnio quedó alterada por el descenso brusco de grados Celsius.