Intento adoptar todos los consejos que me dicen, pero es imposible mantenerme a flote, me voy al fondo igual que un submarino.
La playa en tiempo de invierno es maravillosa; recorrer el borde costero, mirar las olas y como revientan en las rocas es un espectáculo único. Pero cuando llega el verano, el aroma de la sal, el calor y los miles de veraneantes hacen del lugar una ciudad multicolor. Los niños, al igual que los mayores, disfrutan del mar y la arena tendidos al sol o bajo los toldos dispuestos de forma generosa por los organizadores.
Pero una de las cosas más importantes, para estar en la playa, es saber nadar, como mínimo. La seguridad es muy importante para miles de personas que desean estar tranquilas a la hora de bañarse, o cuando se esta cuidando a los mas pequeños. Pero existen personas que no han aprendido a nadar…
En la última visita al litoral que hicimos con los niños, pude escuchar este pequeño drama cuando, precisamente, cuidaba a los chiquilines a la orilla del mar.
Se han realizado muchas consultas acerca de este caso, decía una señora. Y se ha recurrido a varios maestros de natación para que se me ayude. Mas nadie se da perfecta cuenta de que soy una mujer totalmente incapacitada para aprender a nadar. Y cualquiera que comience a explicar las métodos que no se han utilizado en mi, les expongo lo siguiente: he realizado todas las formas posibles. No existe en este mundo cosa o aparato que yo no lo ensayara, y como conclusión les digo que no soy capaz de nadar.
Cuando escucho que me quieren enseñar de una manera diferente me escondo detrás de los kioscos, y me quedo haciendo tiempo hasta que ya comienzan a buscarme llamándome por los altoparlantes de los puestos de vigilancia. En ese instante camino con decisión a la nueva lección. Espero que mis hijos estén en posición, en el agua, y me zambullo con decisión en el mar.
No puedo hacer una descripción de lo que pasa en ese instante, porque no tengo las palabras debidas para explicarlo. Intento adoptar todos los consejos que me dicen, pero es imposible mantenerme a flote, me voy al fondo igual que un submarino. Me hundo instantáneamente, si es la forma correcta de decirlo, totalmente.
Me arrastran, me suben y acomodan delicadamente en la superficie y soy animada para que use los brazos nuevamente. Se hacer todos y cada uno de los movimientos, pero no sobre el agua.
Lucho hasta el final y solo me queda el tremendo esfuerzo de mis profesores que no se dan por vencidos, acompañándome mas de una hora, sacándome del fondo una y otra vez.
Al final, cuando ya solo me queda el cansancio, llega un tiempo de descanso salvador, y mis hijos me ayudan, comprendiendo que ya no doy mas. Les sonrío con tristeza, con frío y salgo corriendo a ponerme una toalla encima.
Recuerdo unos versos, que a mí me parecieron perfectos, sobre la descripción de un instante en que una mujer cruza por un jardín. Y dicen, estos versos, que se veía la mujer nadando a través del prado verde. Y yo estoy muy de acuerdo, si yo tengo la obligación de aprender a nadar, mi mejor mar tendría que ser un gran prado.