El día que Dios nos regaló la luna.
-¡Que hermosa luna, Jorge!… ¿te gusta?
-Sí mamá… ¡es lindísima!
Parecía que aquella luna avanzaba hacia nosotros como para tragarnos con su belleza increíble.
Yo estaba más curioso y preguntador que de costumbre, por eso tuvimos con mi madre este diálogo que, no se porque razón, quedó grabado en mi mente y mi corazón para siempre.
-Mamá…
-¿Qué?
-¿Quién hizo la luna?
-Dios.
-¿Cómo sabés?
-Porque Dios hizo todas las cosas.
-¿Y para qué hizo la luna?
-Para que nosotros la miremos, los poetas le escriban versos y… para que la tierra no esté sola.
-Mamá… ¿Dios está arriba de la luna?
-No. Dios está en todas partes- respondió mamá riendo…
-¿Está acá ahora?
-Y… sí, seguro que está mirándonos.
Yo miré hacia todos lados y volví a la carga…
-¿Y por qué no lo vemos?
-Porque Dios es invisible.
-Que lástima- exclamé -sería lindo conocerlo.
-Por eso hay que portarse bien- dijo mamá.
-¿Dios es malo?- pregunté con un poco de temor.
-No, Dios es todo amor, pero hay que portarse bien para que Él nos quiera mucho.
-Mamá, yo le voy a escribir versos a la luna para que Dios se ponga contento.
-Bueno- contestó mi madre apurando el trote del “Ñato”.
-En serio, le voy a escribir, ¿no me crees?
-Seguro que sí, Jorge, seguro que sí- me dijo mi Madre.
Pasó un tiempo y en la escuela pidieron que hiciéramos una “redacción” con tema libre.
Yo le escribí a la luna de abril. No fue una poesía, pero llené una carilla y media del cuaderno.
La maestra revisó los trabajos y cuando tomó mi cuaderno, leyó lo que estaba escrito, me miró a los ojos y salió del aula.
Al rato regresó con la directora de la escuela y señalándome dijo:
-Él escribió eso.
La directora se acercó y me levantó del brazo con los ojos llenos de lágrimas diciéndome entre sollozos:
-¡Te felicito! ¡Que Dios te ilumine!
Yo me puse contento. Y luego se lo mostré a mi madre.
Ella simplemente dijo:
-¡Sos loco, hijo, mirá las cosas que escribiste!
No sé por qué tanto alboroto si lo único que recuerdo que redacté fue que cuando regresábamos a la estancia, Dios se bajó del cielo y nos acompañó un trecho en el sulky y, aunque no pudimos verlo porque es invisible, nos dejó de regalo la luna de abril para que nos alumbrara el camino.
Desde entonces, cuando veo la luna de abril, me acuerdo de las palabras de mi madre, del trotecito del “Ñato” arrastrando el sulky y sé que Dios está cerca.
Entonces me dan muchas ganas de ser bueno como cuando era chico y recibía un regalo.
Conmovedora la historia. La infancia y su esencia es un don divino, no se debe perder nunca.