El día que Dios nos regaló la luna.
A veces, después de que yo salía de la escuela, nos quedábamos con mi madre en lo de Doña Elvira Salaberri.
Aquella simpática señora me agradaba mucho.
Tenía un tono de voz suave y entrador. Su cabello algo canoso y su sonrisa de abuela permisiva me cautivaban.
Pero si algo recuerdo con placer de esas visitas es la especie de tranquilidad que le sobrevenía a mi madre cuando nos retirábamos.
Es que doña Elvira transmitía una paz difícil de encontrar.
Además se desvivía por atenderme. Me preparaba un mate cocido con leche en una taza grande con un dibujo de una “vaquita de la suerte” y me ponía en un platito floreado unas suculentas facturas que ella misma elaboraba en su horno casero.
Conversaban de recetas, de costura, de la mujer del “loco” Palavecino y de la escuela.
Allí supe un día que la nieta que tanto nombraba doña Elvira era Zulma, mi compañera de grado. Entonces, mucho no me interesaba, pero luego, al crecer, mi opinión cambió.
De tanto en tanto, cuchicheaban de don Roque y el Comisario.
-¿En que andarán esos dos? -decía doña Elvira con una sonrisa pícara a flor de labios.
-¿Vio, Doña Elvira?, yo no sé… ¡que pensarán estos maridos nuestros!, están saliendo juntos muy seguidos- respondía mamá.
-Deben tener nido en otro lado- decía doña Elvira reflexionando.
Luego hacían una pausa y una de las dos exclamaba:
-Y bue…Hay que aguantar, para algo son hombres- y reían las dos con una cierta resignación.
Cuando se acercaba el atardecer mamá y yo regresábamos a la estancia, como de costumbre, nos llevaba a destino el trote cansino del Ñato.
Recuerdo una de esos atardeceres en que se apresura a salir la luna. Era el mes de abril.
Me llamó la atención lo enorme y clara que se veía en el cielo azul oscuro, apenas teñido éste de unos tonos naranjas fruto de la puesta de sol.
Conmovedora la historia. La infancia y su esencia es un don divino, no se debe perder nunca.