Parte de la “Trilogía etílica”, sobre la adicción al alcohol. Una manera de analizar la vida crítica y desinhibidamente.
Los rayos de luz no pedían permiso, irreverentemente atravesaban el aire.
La vieja persiana luchaba en vano con la molesta brillantez, la vieja persiana crédula, temerosa estaba convencida de la mentirosa leyenda vampiresca, que amenazaba con la desintegración de su dueño.
Flotando en el ambiente, las partículas de polvo inmutables, eran un derrotado freno a los impertinentes puñales dorados.
El hombre plano, el hombre inmóvil, el hombre abierto e indefenso en su camastro.
Una botella de cerveza en posición horizontal delataba su vacío mundo interior. El único sonido era el zumbido de las moscas que irreverentemente volaban por la habitación.
Una repentina picazón había despertado a Buko, que con desesperada rabia movía su pata trasera sobre su oreja izquierda.
El hombre permanecía con su cabeza quieta deformando la almohada.
Disimuladas gotas de sudor mantenían la sábana molestamente pegada a su espalda.
Una franja de sol avanzaba segura calentando su desnuda pierna. Algunas habían descubierto el manjar y volaban en círculos concéntricos en torno al vómito, junto a la cama, recuerdo cruel de la noche anterior.
Buko, seguía con rabia castigando con su pata trasera su oreja izquierda, al tiempo que golpeaba un borde de la cama, provocando un retumbar infernal en la cabeza del Flaco.
Sin poder emitir ni siquiera una puteada a su fiel compañero, lento pensaba en los movimientos que no ejecutaba, no podía, no quería, talvez no debía accionar los resortes del esfuerzo. Los ojos cerrados, un dolor intenso. Su cerebro ajeno, deambulaba por la habitación analizando su existencia desde lejos, su cerebro lo hacia muerto.
Hacía solo tres horas que dormía. El brusco y ruidoso movimiento de su mejor compañero lo había despertado. La resaca era fatal. Los minutos de un reloj barato tenían una prisa extraña. Una rápida cámara lenta con distorsionadas voces se proyectaba dentro de su mente. Una película no deseada, una trampa ruidosamente silenciosa, los sonidos estallaban dentro de su inmóvil cabeza, su cabeza derrotada, su única cabeza castigada.
El hombre, intentó aprovechar el momento, dar rienda suelta a su pobre imaginación. Vinieron a él una dudosa mezcla de confusos momentos, momentos chicos, ingenuos momentos. Evidencia cruel de pasos mal dados y de minutos tirados, en un duro tiempo, en tiempo muerto, en un muerto tiempo.
Movió despacio su cabeza sin abandonar la almohada. Dolía. La culpa apareció de pronto, sopesó los vasos de cerveza contra ese mortal momento. Buko lambeteó su mano. El hombre parecía derrotado y traidora la culpa deseaba asesinarlo, el Flaco sintió entonces que estaba muerto.
El ladrido del perro vibró en su cerebro, fue el momento más claro, fue una huida al eterno silencio. El hombre abrió los ojos, el hombre no estaba muerto, el hombre, había viajado un segundo por peligrosos y siniestros espacios que esa noche, habitaban su mente y su cuerpo.