Tic, tac, suena el reloj de la torre, suena sin saber que suena. “¿Qué toca?”, preguntan; alguien entrometido gritó: “Son las doce”.
Es cierto, doce doncellitas, como botellitas de cerveza amarga, bailan al son del golpeteo de los segundos, tic, tac, tic, tac… Son las doce. No sé bien, pero desde peque me inquieta cuando se dice son las doce. Si son nocturnas, abren paso a escorpiones, a murciélagos negros de repugnante mirada…si son del día, no sabes si es mediodía o es charlataneria de viejas en las esquinas, chismorreando antes que llegue el viejo, antes que preparen la mesa.
Las doce, que nombre, son solo cuatro letras, d o c e… y por solo el nombrar las nocturnas, sale el lobo de su cueva, tiemblan las pobres gallinas, llora el escuincle arropado… las doce, duerme mi niño, si no viene el coco y te comerá y para mí, por suerte, vendrá tu otro papá.
En una ocasión, de tantas y tantas que hay, y que bueno, me caí, sí, yo el Locofish, me pegué en el cóccix y lógicamente me di un buen masaje en aquello…pero alcancé a oír que tres chicas se reían, y ni tardo ni perezoso dejé mi dolor olvidado y como si nada pasara; camine solo un ratito, y ya sin ver a las burlonas loquetas como yo, seguí con mi masaje placentero. Alguien me dijo, “Manito, te diste en las meras doce”