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La viajera inesperada

Un extranjero llega a Buenos Aires para comerciar sus exquisitas telas orientales, cuando una inesperada visita hará una metamorfosis en la vida de este solitario hombre.

Charles Brin era un importante comerciante de telas orientales que de vez en cuando venía por estos lugares para ver si podía hacer algún negocio, como tantas otras veces.

Al bajar del avión, se dirigiría al hotel donde descansaría un par de horas, para recuperarse del extenso viaje. Luego saldría a comer algo en algún restaurante cercano y más tarde iría a recorrer vidrieras para observar qué tipo de vestimenta y principalmente qué colores usaría la gente en ésta época del año.

Ya instalado en la ciudad, y luego de dormir algunas horas, se dispuso ir a comer como lo había planeado, cuando sentado junto a su mesa y sumergido en sus pensamientos, repentinamente algo lo sacó de su viaje mental. Era una mariposa que se había posado en su mesa, moviendo alegre y vivazmente sus alas multicolores, haciéndole compañía a este solitario hombre… Charles se preguntaba qué importancia podría tener al fin y al cabo esa presencia. Y dedujo: pudo haber caído de casualidad traída por el viento, nada en especial.

Pagó su cuenta y cuando salía hacia la calle notó una leve brisa que rozó su oreja derecha e imaginó que sería el viento, más intenso allí por la cercanía al río, pero al darse vuelta vio nuevamente a la mariposa que descansaba sobre su hombro. Pensó: “¿¡Qué significa esto!?”. No le molestaba pero era indiferente para Charles.

Siguió caminando por la ciudad mirando vidrieras por sus cuestiones comerciales más que nada, y con la compañía de ese “bichito multicolor” tal como Charles la había empezado a llamar, para sus adentros… hasta que la perdió de vista.

Al volver al hotel y dispuesto a descansar un tiempo más, estando a punto de dormirse vio con asombro que la mariposa estaba en su almohada y ella, armoniosamente, realizando una maniobra digna del mejor aviador humano quedó frente a Charles aterrizándole en su nariz y a escasos centímetros de sus ojos.

Este hombre solitario exclamó: “¡Qué espectáculo tan maravilloso!”, momento justo en que escuchó como si fuese una voz angelical: “Oye, amigo, ya estoy por partir de este mundo, pero debo decirte algo: me voy con total plenitud porque pude, al menos por un momento, hacerte feliz, porque vi que pudiste apreciar la belleza de mis colores sin relacionarlos con el dinero que representan tus espléndidas telas… y ésta fué la tarea enconmendada antes de mi metamorfosis”. Y sin más, desapareció. Y brilló una sonrisa en ese hombre solitario.

Desde ese día Charles Brin no buscó más colores para sus telas en vidrieras comerciales, sino en la luz, en la sonrisa de un niño, en una gota de agua, en el arcoiris, en la ternura, en una flor, en el amor, en fin, la buscó en la vida misma.

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