Un personaje incubado en la memoria, un autor de renombre.
“Es bueno saber que todavía estás viva”, me dijo Henry James, escritor norteamericano de bastante renombre. Repasé mentalmente la lista de admiradores -pues han de saber que una princesa jamás peca por escasez de enamorados- y recordé, con verdadero asombro, que se trataba del mismo hombre que un día, desde la multitud que se apretujaba para rendirme pleitesía, lanzó una pluma de faisán contra mi sombrero de copa. Debo admitir que a partir de ese incidente lo había buscado por cielo y tierra, fracasando toda vez que realizaba un viaje de pesquisa.
Ahora lo tenía a mi lado, mirándome con aquellos ojos demasiado risueños. “Estoy viva -le dije, devolviéndole el objeto más venerado por un hombre de talento-, y no olvide que una pluma, sobre todo si es de faisán, ha de servir para algo más que ofender a una dama de la corte”.
Alcé la mirada para estudiar su gesto humillado, su debilidad inconfundible, pero Henry James había desaparecido.