La mancha que nos consume a todos en la cotidianidad de nuestras vidas.
En su casa de campo, a unos veinte kilómetros de la ciudad, los esposos Costelo se levantaron tarde ese domingo soleado. Saturnino Costelo, jubilado de una firma de productos químicos, a diferencia de su mujer, prefería escuchar noticias en su transistor de pilas.
Con el dinero de la pensión y lo obtenido en actividades esporádicas, bastaba para mantener el hogar y abastecer el taller de pintura que él mismo había ayudado a construir hacía unas cinco semanas.
Artista por vocación tardía, Belarmina de Costelo invertía largas horas en preparar los ingredientes necesarios para su faena. A veces pensaba que, si realmente fuera una artista de fama, no vacilaría en llevar a su esposo de paseo a la ciudad de Acapulco, donde los amores renacen y las personas rejuvenecen como por arte de magia.
En ésas se hallaba cuando, al levantar la cabeza, vio una mancha verde no muy lejos de allí, a pocos metros de la cerca que rodeaba la casa. Si aquello hubiera sido parte del paisaje o una prenda de vestir olvidada la tarde anterior, sin duda la mujer no habría puesto interés en el asunto.
Sin embargo, la mancha presentaba algunos inconvenientes. Aunque no muy grande, de su interior salía un humillo violeta que avanzaba con precisión hacia el terraplén de la casa. De otro lado, el color tenue y por momentos fosforescente la hacía sospechar en algo fuera de serie.
Esperó todavía un buen rato hasta estar convencida de la novedad y luego fue a llamar a su esposo. Éste sacó la cabeza por la ventana, escudriñó con atención el punto que ella le indicaba con su mano cuarteada por una larga vida doméstica y sólo tuvo palabras para decir: “Estás loca, no hay una mancha así en este lugar”. Y volvió a ocupar el sitio en su habitación, girando el dial del transistor en busca de nuevas primicias.
Belarmina de Costelo permaneció en el corredor, sumida en profundos pensamientos. Le parecía absurdo que su único compañero no viera la marca verde desplazándose con gran rapidez, como arrastrada por el hilillo de humo hacia el interior de sus vidas.
Un frío repentino la recorrió de pies a cabeza. Llamó por segunda vez a Saturnino Costelo, pero un silencio prolongado se interpuso entre ellos. Intentó correr con todas sus fuerzas, dispuesta a dejarlo todo para salvarse de aquel cuerpo gelatinoso que empezaba a envolver el patio, el corredor, la habitación donde la felicidad era ya cosa del pasado.
Saturnino Costelo no pudo salvar a su mujer, devorada por la mancha verde que siguió de largo hacia la cordillera, después de consumir el cuerpo y la sangre de una segunda víctima.